17

17

“La oligarquía vitalizada reflorecía en todos los resquicios de la vida argentina. Los judas disfrazados de caballeros asomaban sus fisonomías blanduzcas de hongos de antesala y extendían sus manos pringadas de avaricia y de falsía. Todo parecía perdido y terminado. Los hombres adictos al coronel Perón estaban presos o fugitivos. El pueblo permanecía quieto en una resignación sin brío, muy semejante a una agonía.

Raúl Scalabrini Ortiz

Este no parece un 17 para imaginar lo que falta recibir, sino para imaginar aquello de lo que carecimos siempre. Desde la izquierda se le imputa al gobierno que ha fallado políticamente en crearse una base popular, que fue la lección número uno de la práctica política justicialista. ¿Quiénes conformarían esta base popular?. ¿Los pobres?, ¿los sindicatos?, ¿El progresismo?, ¿la izquierda con sus distintas banderas dentro del campo popular?, La desazón y el desconcierto provienen de que todos sospechamos que la crisis de representación que sufren los intereses populares, no proviene de estos lugares.

La izquierda que sin haberlo votado aparece hoy como un soporte desesperado y desesperante de una situación epigonal que seguramente se prolongará sostenida por intereses inconfesables, reclama participación, lucha. Pero no ignora que la resistencia política proviene de la organización y no de cierta energía mística propia del pueblo. Hemos pensado que el menemismo fue el último acto público del sueño peronista, obligado por quienes lo derrotaron al suicidio en medio de la escena pública. Escuchamos a un presidente electo decir que si hubiera confesado su verdadero plan de gobierno, nadie lo hubiera votado. Un verdadero ejercicio canibalístico. La política abandonaba todo quehacer para refugiarse en una existencia mediática. Los matices ideológicos de una existencia mediática carecen completamente de interés. Entonces debemos recuperar un ámbito donde algún quehacer aunque pusilánime y limitado pueda iniciarse. Parece imprescindible que nosotros como clase media urbana abandonemos nuestra pretensión de salvar lo que queda. Antes bien debemos perderlo rápidamente.

Estamos lanzados a un desierto previo a la constitución de la sociedad civil. El nuestro es un país donde transitan sombras de brillo fosfórico, vagando por una pampa vacía.

El último enemigo que tenemos es nuestra propia memoria.

¿Cómo se puede fundar un quehacer sobre la base de la destrucción de nuestra propia memoria?. La destrucción de la memoria en la que pienso no es un mero olvido como siempre nos propuso la Iglesia, ni un indulto. Pero lo cierto es que no hay ya una patria contra la cual vengar a nuestros compañeros caídos. El lenguaje de la madres ha sido insuficiente. ¿Por qué?. Porque nosotros tampoco hemos querido salvar a la República subvertida por el terrorismo de estado cuya restitución clamamos con escándalo. Lo cívico del enfrentamiento fue el límite de nuestras capacidades militares. Y finalmente la derrota de lo cívico, representó la miseria de nuestra utopía.

Se impone una cruda reflexión sobre el sentido del 83.

Se ha dicho del 83 que fue el recupero de protagonismo político por parte de una mayoría silenciosa acallada por dos demonios anticívicos. Hemos protestado largamente contra esto. Sin embargo el límite de lo cívico terminó dándole la razón a los epígonos. La ambición no nos dio para más. Entonces: ¿qué recuperamos en el 83?. Hubo sin duda un cambio en la seguridad social, y el 83 comenzó con un fuerte dinamismo cultural. Tuvimos asimismo la esperanza de nuevos bailarines y nuevas danzas. No obstante la antigua solidaridad del peronismo, aquella que logró emocionarnos, porque nos daba un lugar genuino a todos nosotros, fue abandonada en su silla como una novia deforme cuyo destino era envejecer entre tías solteronas, escuchando trivialidades en las tertulias.

En general podemos decir que el 83 nos tiño de modernismo progresista. Se levantaron todas las banderas conocidas de la reacción mitrista pertenecientes a la vieja República de Alem. Pero quedaron bajo el ala de la clase media urbana, de edad intermedia, que deseaba por la persuación poner en caja , a una juventud díscola y equivocada. ¿Qué decía el manual?. Que la libertad se apoyaba en la diferencia y la desigualdad, porque la desigualdad era el motor de la evolución. Que las fuerzas dañinas que pregonaban el fascio nacionalista y la izquierda, eran fantasmales, espantapájaros destinados a distraer y ocultar la propia incapacidad y la corrupción. De la mano del progreso y la revolución tecnológica surgiría un nuevo crisol sustentable de las diferencias que promoverían las verdaderas libertades del preámbulo:

Cruzo la plaza y me alejo de la gente como un pájaro muerto. Escucho, y luego, otra vez, escucho. La libertad se llama de otra forma y eso ha empañado todos mis espejos

Eso lo escribí el mismo día de asunción de Alfonsín como prólogo de libro que llamé Lomo Negro y jamás quise publicar. Mi mujer de entonces había decidido ir a a no se qué plaza con mi hijo de cinco años, creo que era el parque Lezama, para participar de la fiesta. Sufrimos un grave autoritarismo cultural. Quienes nacieron en esa época lo identificaron con la Argentina en estado puro. Soñaban con la dominación gorila del peronismo, la intervención de sus victorias culturales, el silencio de su testimonio. El alfonsinismo fue la Argentina soñada por Europa. Resultó como es obvio una nueva pesadilla. Los conservadores mitristas por lo menos, supieron que defendían intereses de clase.

Más que en este o en aquel 17 prefiero pensar en la fuente. La gente llegó a la fuente, sin nada, completamente vacía. Creo que ni siquiera esperaban a Perón como dice Scalabrini. Vinieron para estar. Ya no soportaron que se continuara sin ellos. Lavaron sus pies en la fuente, como quien lo hace en un lugar desconocido y largamente prohibido. Se ganaron con justicia el epíteto del escándalo. Oscuramente todos supimos que la fuente era la verdadera metáfora del 17. El mito nació porque en aquella fecha nos tocó ganar. Sospecho que nunca más volvimos a hacerlo.

La fuente resultó una figura religiosa, pero en lugar de lavar los pies del príncipe, lavamos los pies del peregrino, que terminaron siendo nuestros propios pies.

Sueño con aquella fuente, que al final, denodada Euménides, lave los pecados propios y los pecados ajenos.

Buenos Aires
17/10/09

Publicado en  on 10/18/2009 at 8:49 Dejar un comentario

presentación

Hola, les presento mi sitio. Contiene toda mi obra que se compone principalmente de ensayo filosófico y textos políticos. Pienso colgar alguna bibliografía clásica, un poco de música,  e imágenes que me parezcan interesantes. También van a encontrar poesía y muchos relatos. Sé que suena un poco aburrido, lo iré mezclando con temas de actualidad. Espero que a algunos les guste. Me interesan sus comentarios. Desde ya, muchas gracias-

Publicado en  on 04/10/2009 at 10:40 Dejar un comentario

piedad y misericordia

En general pensamos como misterio el aporte del cristianismo, la estructura de Dios la humanización de Dios la presencia de la figura del hijo entre los hombres como:” hijo de hombre”- Cristianismo convive con la muerte y viene a decir que el antiguo equilibrio ya no existe, su moral se apoya en la figura de la misericordia, misericordia no es ni sera jamás piedad, la misericordia nace de los bordes exteriores del talión, perdona todo aquello que el talión no puede perdonar, pero principalmente viene a expresar un nuevo equilibrio. Los crímenes que la misericordia resuelve no escapan al talión por su desmesura y sino porque tienen diferente estructura ontológica. Por mucho que pese a los judíos lo que ha cambiado es la figura humana.

Publicado en  on at 10:21 Dejar un comentario
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EL EJE DE LA UNION

EL EJE DE LA UNION

“no han desesperado de vencer al monstruo que nos propone el enigma de la organización política de la República. Un día vendrá, al fin, que lo resuelvan; y la Esfinge Argentina, mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo sanguinario, morirá a sus plantas, dando a la Tebas del Plata el rango elevado que le toca entre las naciones del Nuevo Mundo”.

Facundo
D.F. Sarmiento

Otra vez Caseros. El eterno retorno de lo igual. A lo largo de nuestra corta historia hemos aprendido lo que nosotros queremos. Nosotros queremos la unión. Esto define a la nación argentina.Debemos ahora reflexionar sobre cuál es el eje de la unión y cuál es el eje de la división. Sabemos que deseamos estar unidos entre nosotros. Pero inmediatamente se nos aparecen los argumentos de la división. Esta división no es un división política, ni económica. Se trata de una división social. Sobre la división social podemos decir algunas cosas. En principio parece que la división social permanece oculta, aparece siempre modificada en divisiones políticas y económicas. Aprendimos en nuestra historia a estar unidos entre nosotros, pero no logramos estar unidos con los otros. Permanecemos divididos porque los otros no terminan de constituir una unidad. Entonces toda oposición es aparente, es un espejismo. Unitarios y federales, Capital e interior, blancos y cabecitas, argentinos y extranjeros, pobres y ricos, religiosos y laicos. ¿Cómo podemos unirnos con los otros si cada vez que que lo intentamos los otros, son distintos?. Hay una circularidad en la historia argentina, una circularidad sobre sus actores. Yo propongo la línea. Es una idea antigua, no me pertenece.

Coincido en que la unión debe ser la base de la nación argentina, pero ha de ser la unión con los otros, si no superamos esta dificultad, la unión será una quimera, una nueva y a la vez repetida, quimera. La unión pensada como base de la nación debe contemplar la división, La pregunta por el eje de la unión no es otra que la pregunta sobre quienes constituyen el eje de la nación, quiénes son los actores de la historia argentina. Entonces hagamos la primera pregunta importante, la única que hasta ahora supera el lugar común, a saber: ¿cuál es el eje de la división?

DIVISIÓN:

En el año 2001 el país llegó a un desideratum el proyecto del conservadurismo popular, expresado en el paternalismo político, cuya expresión más conocida ha sido el caudillismo, fracasó definitivamente. Yo he sido actor de este proyecto, lo he defendido con el cuerpo, por lo tanto me siento con la autoridad moral de decir que debe ser enterrado. Esta autoridad no me la brindan los miles de compañeros caídos, ni la única guerra que la argentina sufríó en el siglo XX. O me la concede la razón y la verdad o nosotros como generación del los setenta, deberemos callar para siempre.

De la división diremos lo siguiente:

La división plantea una unión que se vuelca sobre el nosotros. En ella no interviene el pueblo como se dice, sino que plantea una nación que regresa sobre quien propone la unión, es decir que deja fuera a la historia.

Desde ya me excuso por expresarme de esta manera tan abstracta y al parecer sin sentido concreto, pero he visto perderse a muchos discursos lúcidos en el océano de los detalles y más que incorporar la multitud de los detalles, me ha interesado pensar aquí el hilo conductor como enseñaba Kant entre la unión y la división.

Hoy hemos visto que se nos arroja el guante de la división inicial entre unitarios y federales, también asistimos a que el campo afirma que no entiende lo que la ciudad defiende. Asistimos también al agotamiento absoluto del discurso popular, tanto que sin que medie una organización apropiada parece ser que el tiempo de las palabras y con eso, el de la significación histórica ha terminado.

¿Estamos entonces ante una guerra civil?.

Es difícil la respuesta. Creo que estamos ante el espejismo de la guerra. Pero sobre esta guerra civil ignoramos demasiadas cosas. Ignoramos quienes son los actores, cuáles son sus objetivos. Sólo atinamos a defender un sentido pràctico que nos induce a sospechar que la nación se ha disuelto dejando en su lugar un vago esquema corporativo, en el cual cada sector se vuelca sobre sí mismo para la defensa de sus intereses, afirmando desde luego que en esta defensa se juega su supervivencia, esta supervivencia resulta equiparada inmediatamente a la supervivencia de la nación misma, que la realidad histórica parece haber disuelto previamente. He aquí la magnitud de la confusión.

¿Cómo se expresa el antagonismo en esta guerra de espejismos?

Queremos resolver la oposición que se genera en la guerra a través del estado, pero el estado no logra intervenir dentro de la sociedad, porque carece de una clave de reconocimiento. Esta impotencia puede pensarse como una impotencia original, es decir, propia del origen, del principio del estado en el tiempo. O bien puede pensarse, como una suerte de falla, propia del estado para intervenir en la estructura molecular de la sociedad, una incapacidad crónica y fatídica, en lugar de algo funcional. Esto piensan los anarquistas por ejemplo. Sin embargo, el problema no acaba allí. Las facciones en guerra luchan por la victoria: ¿ cómo conciben esta victoria?, ¿dentro de la sociedad, o dentro del estado?. Evidentemente se trata de una victoria para sí, esto es, dentro de la sociedad, que es el único modo de que la victoria se considere como propia. Pero la guerra civil, posee un último gambito para los contendientes, el cual es que su resolución jamás se alcanza dentro de la sociedad o dentro del estado. En efecto, la guerra produce su propia síntesis, que deja fuera a todos los actores. De tal modo que salvo el exterminio total e improbable de una de las partes, las razones que la hubieren causado quedarán siempre pendientes. Esta fantasía del exterminio es sin duda un espejismo, porque una victoria que no conserve a la víctima no tiene sentido padece de una incompletitud esencial. Además esta fantasía del exterminio genera el vicio fundamental de la división, a saber que una nación únicamente puede ocupar un solo lugar. Hemos escuchado a la gente sencilla expresar que la deficiencia de la gente urbana puede ser pensada como proveniente del “asfalto”. El asfalto es aquí visto como un ingrediente foráneo y parasitario que encubre la verdad del suelo. Pararse sobre la tierra es asumir: la verdad de la nación. Al hacerlo, desde un punto de vista espiritual, se corregirá ipso facto, la deformidad propia de vivir en un sitio o de un modo en el cual la comunicación con la nación se ve evidentemente interrumpida.
¿Qué es esto de que la nación ocupa un solo lugar?. Parece tener relación con la frase: no hay lugar para los dos en este mundo, o bien, como decía Lenin: “o nosotros o ellos”. Pero estas afirmaciones esconden el deseo íntimo y vigoroso de que la víctima este de algún modo presente y brinde testimonio sobre la victoria. Efectivamente es este hecho de fuerza el que funda una nación, el cual la guerra civil pone en entredicho. Entonces: ¿estamos describiendo aquí, una condición trágica?. Sí y no, estamos pensando en un germen histórico que ha ocurrido, ocurre y ocurrirá en la historia de los pueblos, pero aquí lo presentamos como el germen de la división.

¿Qué papel juega Buenos Aires en el entredicho?. Buenos Aires es Helena de Troya, la mujer amada, la mujer infiel y la mujer desdichada. Se puede estar con ella, se puede estar contra ella, pero jamás se podrá estar sin ella. Esta ciudad estúpida, provinciana en el peor sentido, escarnecida, con una cotidianeidad insoportable, fea, abigarradamente fea, se las ha arreglado para construir su propia épica. Su desequilibrio parece ser garantía de nuestro equilibrio. Buenos Aires es: “los ojos” de la nación, sólo a través de ella, la nación se sabe a sí misma. Buenos Aires cuenta una historia que le es propia:

Buenos Aires sabe nuestro secreto.

La ciudad recibe todo tipo de figuraciones, aparece todo el tiempo y a la vez resulta indescifrable, todo el mundo la menciona, hasta los artistas y poetas. Pero lo que irrita fundamentalmente al “interior”, es que la ciudad parece tener la clave de la nación. La metáfora del siglo XX más conocida es la cabeza de Goliat, en alusión a la desmesura, a la hybris del puerto. La frase pertenece a Martinez Estrada. Todos estos nombres nos llevan irremediablemente a un callejón sin salida, porque la tragedia estriba en que es la ciudad quien nombra a la patria, sin ella, la patria es subjuntiva y queda hundida en el silencio de sus ciclos. Otros nombres: la vieja dama jacobina (reiteradamente violada) que nos perdona con su gorro frigio y su pobre memoria, la mala madre porque ofrece un falso cobijo al que viene, lo deslumbra y lo esclaviza igual que una sirena, la meretriz, porque en la ciudad no caben las conductas estrictas, curiosamente la multitud produce la privacidad y el anonimato.

La ciudad es la primera tierra conquistada, la primera huella mnémica de la bota del conquistador. Como tal, la ciudad ejerce el mayorazgo, es hija dilecta del conquistador. Vivir en la tierra entonces representa a un hermano rechazado, quien también anhela la caricia paterna. Ahora bien, como hermano rechazado se siente poseedor del relato sobre un paìs libre, aunque secretamente desee el oropel y la caricia originaria. El dolor de la provincia no es por la conquista como afirma, sino porque sin Europa, siente la esclavitud de los ciclos y la miseria de una libertad quizás obtenida, pero jamás otorgada.

El origen mítico de la ciudad es el castillo. Puede pensarse el puerto, el oasis. La ciudad ha sido creada como piedra de toque de una totalidad virtual que no alcanza y hereda del cementerio su absoluta intransferibilidad. Para el pensamiento chino, lo único que somos incapaces de trasladar es un pozo, un hueco.

La expresión moderna del castillo es el cuartel. Pero todo esto hace a las condiciones físicas de la ciudad. No tiene relación con su mítica.

Hay muchos autores que piensan que la división entre la cultura urbana y la cultura rural es simétrica con la división del trabajo. En efecto la comparación resulta consistente, más allá del prejuicio fisiócrata ya despejado por la crítica marxista. No comparto este criterio naturalmente correcto por insuficiente. Resulta apropiado en cuanto a los mecanismos de la división, pero hemos visto que la división es mucho más compleja que sus mecanismos. La división entre ambas culturas pensada desde el origen, nos muestra que ella expresa la totalidad virtual de la nación. Pero aún esta afirmación no remonta todavía al origen de la división. El origen es sin duda militar. Aparece con el contrato mismo.El ascendiente indudable que la ciudad posee sobre los habitantes de una nación padece y expresa que el acto fundacional de toda sociedad civil, es un acto de guerra. Esta es la huella que reconocemos en el ideal urbano. A causa de esta huella mnémica, la división resulta irremediable.

¿Por qué motivo la división aparece expresada desde la cultura rural?. Quizás porque el ascendiente urbano impone el vínculo de la guerra y no el de la nación. Pero: ¿debe atribuirse la división, me refiero a la responsabilidad de la división, sólo a la cultura rural, o a la parte que la exprese?. No necesariamente. Pero el punto de vista rural , mantiene la responsabilidad, en este país, de proponer una unión, que jamás contempla la división.

Hagamos otra pregunta: ¿la guerra civil que se nos aparece en la división, es una figuración de la guerra inicial?. Pienso que no, que el espejo de la guerra civil aparece como una expresión de impotencia y de parálisis de la cual carecía el gesto fundacional. La guerra civil adviene no por hacer, sino por dejar de hacer, por no poder hacer, o bien, como ya dije, por pensar una unión que no contempla a la división.

LO QUE VENDRA

Este título refleja la arista política, que no puede faltar en la descripción de este problema. El conflicto esta en el nudo fundacional de la nación. Nuestra angustia proviene de que todos los actores lo sienten así. Se produce por una doble desmesura. Dentro del campo popular esta hybris se expresa en tratar de derivar una reforma social de una reforma impositiva. Nadie que entienda de política puede llevar adelante algo así, y sin embargo a lo largo de su historia, el peronismo lo ha hecho reiteradamente. Arar en el mar. Dentro de las clases dominantes hay una reacción razonable para esta desmesura, que proviene de una reiterada y persistente ignorancia sobre los alcances de la reforma keynesiana, la cual se remonta hasta Raúl Prebisch.

Desde el punto de vista aristocrático, la desmesura se expresa en pensar la nación como un espacio. Esta noción aparece fundada bajo el derecho de la guerra, que pone a la república al servicio de intereses de clase. Hay una perversión en pensar la unión bajo la determinación de la guerra. Una perversión jurídica y una perversión social.

PERVERSIÓN JURÍDICA:

Esto tiene que ver con pensar la propiedad de la tierra dentro de los términos de una economía de mercado. Evidentemente no es lo mismo producir leche que tornillos. La lógica de la aristocracia se expresa así: si desaparecieran los tornillos de la faz de la tierra todas las mesas y sillas se vendrían abajo. Me gusta llamar así a la aristocracia porque su única nobleza depende de haber llegado primero, no obstante mantienen una diferencia social cuando se los equipara económicamente. La perversión jurídica en general es vista como el terrorismo de estado, ha vuelto traslúcidas a las instituciones y ha disuelto la sociedad. Me parece bastante claro que nos encontramos ante una razón real y palpable. Su castigo es que cualquier unión que nos propongan tendrá que ser bajo la determinación de la guerra. Digo que las instituciones son traslúcidas porque el enfrentamiento que se produce sólo puede ser encarado por medidas extremas, por medidas de excepción. Llámense: estado de sitio, sedición, ley de abastecimientos, control de precios. La excepción y extremismo de estas medidas, nos muestran a las claras, contra el discurso de la presidente, quién es el dueño del paìs, y la limitación de las instituciones frente al paìs real. El putsh le ha dado a la aristocracia un instrumento equivalente al golpe de estado, ellos conocían su poder, pero este acto les ha permitido confrontar y hacerlo público. Para colmo el putsh resulta aceptable dentro del sistema liberal y la defensa de la población parece forzar el orden de la economía de mercado. Debemos decidir si el liberalismo es o no es una ilusión, y a quién protege.

PERVERSIÓN SOCIAL:

La perversión social es aquella cuya reforma encara la transformación social a los fines de una restauración de la sociedad original.

En parole povere, el desafío que nos llega de la derecha expresa una nueva teoría de las clases, una visión postmoderna.

Alguna razón tienen sobre todo en lo que hace la sociedad post-industrial. Antes de entrar en el meollo de la disputa conviene deslindar algunas apariencias por lo menos en lo que hace a la descripción de la coyuntura. La primera es que en el campo ya no hay terratenientes sino ciertas sociedades estrictamente de “cielo abierto”, que encaran la producción agraria con criterio industrial. Esto en principio pareciera que sigue la más fina ortodoxia marxista con otros actores. Sin embargo no puedo dejar de notar algunas diferencias. En la teoría clásica, la producción es un criterio de representación que relaciona el modo de producción con una teoría del valor ya conocida. Sin embargo este desafío nos presenta un nuevo modo de producción que resulta indiscriminada respecto del producto en sí mismo y no en relación con una teoría del valor. Es justamente esta nueva representación del producto lo que permite afrontar nuevas relaciones entre las clases. Curiosamente la indiscriminación para la definición misma de los bienes, abre nuevamente una discusión que Marx tomaría de buen grado sobre la esencia del trabajo humano. Cuando enfrentamos esta situación desde el campo popular con un enfoque marxista u otro diferente, sólo podemos aportar una denuncia moral sobre la deshumanización. En efecto no he visto grandes avances en la discusión sobre la esencia del trabajo desde la polémica que despertara Marshall Macluhan en la era de los cincuenta. Una nueva teoría de las clases no es en verdad una idea tan novedosa. En todas las épocas la sociedad civil ha sido aprisionada y esterilizada por el estado de derecho. El mundo jurídico de la razón, no ha aportado mucho a la libertad del hombre. Cualquier análisis parece que no logra superar la división natural entre los ricos y los pobres; ni tampoco la perplejidad de la necesidad humana logra atravesar a ambas partes de esta barrera. Ocurre que el mundo que hemos construido con nuestra idea de justicia escondida en el morral, ha resultado del todo insuficiente, y la denuncia permanente del campo popular sobre esta situación, no ha aportado ninguna luz a aquella región de la humanidad que permanece desconocida para nosotros.

Dejaremos la bizarra y bizantina disputa sobre que es humano y que, no lo es, para los inteligentes especialistas sociológicos y filosóficos, esa disputa excede el marco de este capítulo que sólo quiere darle a la disputa su tópica real.

PESAJ:

A mediados de mes los judíos celebramos pesaj. En inglés passover, se trata de una reflexión sobre el sentido de la libertad; y me ha parecido que acompaña al problema que venimos describiendo. El hagada de pesaj es el escrito más leído por los judíos después de la torah. Se trata de un relato del éxodo. Aún los sabios deben leerlo, se señala en la preparación del rito, lo cual indica que el objeto de la lectura es distinto que enterarnos de las vicisitudes del éxodo. Se ha pensado y escrito mucho acerca de la importancia del éxodo, yo sólo voy a señalar algunas precisiones. Durante el éxodo, durante la salida de Egipto por primera vez las tribus levantaron las banderas que las identificaban para reunirse por castas, así reconocieron públicamente su lugar y aceptaron el lugar del otro dentro de la sinagoga, que es como decir, dentro de la sociedad. Los judíos marcharon hacia la libertad, pero fundamentalmente marcharon, lo cual indica el principio de la múltiples diásporas que marcaron nuestra historia. Somos un pueblo que ha encontrado su identidad en la dispersión, su unión en la división. La diáspora, ha sido el gesto ecuménico de los judíos, a través de ella se transformaron en la humanidad. Quien los conducía lo hizo a sabiendas de que no entraría en la tierra prometida por Ds. Mi hijo, Ezequiel, guiado por la evidencia de la ciencia inglesa discute la existencia histórica de Moshe. No hubo tal libertador- dice-. No voy a discutir con los arqueólogos ingleses. Sólo dire cuales son los Moshe que me habitan. Está el Moshe de Carrara con sus cuernos patriacales, y el rey cruel y salvaje que anduvo cuarenta años en el desierto hasta que una generación de esclavos desapareciera, a fin de que un pueblo libre comenzara la verdadera historia de los judíos. Se dice que Ds tardo cuarenta dias en escribir la Ley, pero este no parece ser el tiempo que le demandara a Ds. Hacerlo, ya que El debiera haber conocido bien su propia Ley. Mucho más lógico es pensar que este fue el tiempo que le demandó a Moshe escribir la ley sobre la piedra. En fin, sea de ello lo que fuere, lo que se dice es que cuando regresó encontró a su propia familia sumida en la adoración de un ídolo de oro. Esto nos habla de nuevos vínculos entre los hombres, vínculos para la salvación que dependen de la disolución de los vínculos de sangre, vínculos que dependen de la voluntad y de la aceptación. Sobre el hagadá también quiero decir que la famosa última cena de Da Vinci es justamente un seder de pesaj, y que cuando el Hijo de Hombre dice tomad este pan porque este pan es mi cuerpo y bebed este vino porque este vino es mi sangre, lejos de producir una revolución espiritual en el judaísmo repite fielmente la la exigencia de la tradición desde aquel primer seder de pesaj junto a Yeshúa HaMoshia, quien instaura esa misma tradición para la memoria del ritual. ”Por estos gestos y estas palabras, el pan ácimo (massah), que esta sobre la mesa se convierte en símbolo de Su Cuerpo Entregado y el vino de la copa de la bendición, en símbolo de la sangre derramada”. Los judíos durante el hagada remojan apio en vinagre, para recuperar el sabor ya impreso en el cuerpo de la antigua amargura, y comen massah para recuperar la urgencia de la partida que no permitió que el pan fermentase. ¿Por qué es necesaria esta recuperación del sufrimiento en el cuerpo?. La libertad que los judíos perdimos en Egipto fue muy diferente a la experiencia sufrida en Babilonia, a la experiencia con los asirios de Nabucodonosor. Los judíos entregaron su libertad por hambre, porque sus consechas se secaron y entendieron que este era un castigo de Ds. Equivocaron así el orden primordial de las cosas. Se esclavizaron voluntariamente. El hagadá enseña que este paso no debe repetirse jamás. Los judíos entendimos que si entregáramos la libertad a alguien, a un César, disolveríamos la Alianza, esta es la experiencia que expresa el hagadá. Luego viene las famosas preguntas que expresan que aún sin la Ley, la Alianza se sostendría por la fe. El himno de la gratitud dice: si no nos hubiera llevado a través del desierto, hubiera sido suficiente. Tampoco Pablo descubre mucho cuando dice que aún sin la Ley la fe se sostendría por sí misma. “Vengan y coman todos cuantos tengan hambre. Que todos los necesitados celebren la Pascua”.

Finalmente quiero decir sobre el hagadá que cuando los gentiles, los goim, preguntan: ¿qué es la libertad?, se refieren seguramente a algo. En hebreo la pregunta por el qué se expresa en la palabra: “ma”. En cambio cuando los judíos preguntamos, decimos: ¿quién es libre?, la pregunta por el quién, se expresa en hebreo con la palabra “mi”. Sobre esto principalmente reflexiona el seder de pesaj: ¿piensan ustedes que tiene alguna relación con el tema de que estamos hablando?. Les deseo un buen pesaj.

Enrique Meler
Buenos Aires
15/04/2008

Publicado en  on 04/09/2009 at 22:51 Dejar un comentario

FANTASMAS Y APARECIDOS

FANTASMAS Y APARECIDOS:

Galopa la calavera bicorne,

Galopa envuelta en su brillo de fósforo,

Lo único que sabemos de esta guerra entre el campo y la ciudad es que se avecina. Su poder está en avecinarse, si ocurre, desaparece. El poder de esta guerra es el de una guerra que se cierne. Es una guerra narcisista: ¿Qué quiere decir?. Que la clave de la victoria está en cómo elegiremos a los barones de la guerra. Los barones nos seducen para ser elegidos, cantan para nosotros con voz meliflua, y nosotros nos decimos a nosotros mismos: ¡qué coraje!,¡qué belleza!, ¡qué nobleza!.Nos lo decimos a nosotros mismos, para así poder cambiar la figura, sobre la que nuevamente repetiremos: ¡qué coraje!, ¡que belleza!, ¡que nobleza!. Vista en sí misma esta es una crisis de representación. Ignoramos quién debiera representarnos en la contienda, pero no lo es realmente, porque en la Argentina no hay una contienda real, es una guerra que se avecina. En una guerra que se avecina también puede haber muertos y heridos, gente presa y golpeada: ¿quién?, todos los que compren con las treinta monedas de plata. Los jóvenes, (siempre los jóvenes) que sonríen en los noticieros y levantan el pulgar. De lo que se trata es de eludir la unidad, tanto la unidad del campo popular como la unidad del campo reaccionario. Vista en sí misma tampoco existe nada de esto en una guerra que se avecina.

Sin duda estamos traicionando a la República.

¿Entonces si esta guerra no existe, desaparecerá como el humo que se diluye en el viento?. Ojalá fuera así. Ese es el sueño del campo reaccionario. El campo popular posee alguna sabiduría. Sabe que la guerra que se avecina no ha surgido de la nada, pero sospecha que cuántas cabezas de la Hidra corte, tantas más le crecerán.

¿Quiénes han producido esta guerra que se avecina? . esto no es tan difícil de saber. La República es una vieja dama jacobina, violada y abandonada. Nadie la ama, y por eso languidece y declina. Las mujeres, las madres, necesitan de nuestro amor. Quienes la traicionan pueden ser reconocidos por lo que dicen: la historia vuelve a repetirse; no hay nada nuevo bajo el sol.

El principal escollo es del orden de la representación. Los jóvenes no pueden escuchar nada nuevo, porque no pueden reconocerse en ello. No se como puede superarse este escollo. No es con nada de lo que hemos hecho hasta ahora.

¿Cómo es una guerra que se avecina?. Básicamente se trata de una guerra cívica. El tiempo de Rosas y su contínuo degüello de los inocentes, produjo un terror eficaz en el imaginario de nuestra sociedad. En este siglo, pese a que ha habido un genocidio y multitud de muertos, pienso que la esencia de nuestras múltiples oposiciónes ha resultado cívica. La resolución de nuestros problemas no ha sido en términos de una victoria militar, porque la victoria militar no logró sublimar el sentido inicial de nuestra oposición. Pero carecemos de algo que la victoria militar facciosa nos hubiera entregado: un lugar para los vencidos.

En el fondo los vencidos agradecemos que la esencia de nuestra oposición haya resultado cívica, porque ello nos ha permitido seguir soñando con la victoria.

La victoria es el verdadero crimen contra la esperanza. Es lo que vuelve ilusorios a todos los esfuerzos sociales.

El último intento de victoria militar se produjo en marzo del 76. Esto ha sido lo que descubrió la esencia cívica de nuestra confrontación. Esta es la razón del triunfo de Alfonsín en el 84.

¿Qué teme el campo de nosotros?. Evidentemente nuestro número. Cuando las ciudades muestran concentraciones a la usanza peronista, cuando los eunucos y los bárbaros dicen que las calles no deben cederse, como si la República sólo existiera en los medios de difusión, el campo tiembla, y dice a continuación que ellos también son muchos, que entre todos, ahora, son más que nosotros. País implacable, país de degolladores, nunca hay lugar para el vencido, por eso tiemblan, porque un 17 de octubre perdieron la conducción de la historia, el campo popular adquirió una súbita autonomía, que volvió impredecible a la historia argentina.

Sin embargo las poderosas fuerzas de clase siguen actuando. Se burlan de las instituciones liberales, destinadas a proteger a los débiles, las instituciones, vituperadas, que no nos representan, pero que igualmente nos protegen y a las que finalmente recurrimos cuando estamos desesperados. ¿Por qué?. Porque en ellas podemos hacer la marca de nuestra desesperación. A través de ellas las generaciones futuras sabrán de nuestra existencia.

¿Qué tememos nosotros del campo?. Hasta ahora ha sido un enorme poder económico, lleno de desprecio por las hordas advenedizas de la inmigración, aunque siempre dispuesto a utilizarlas, en su provecho, como mano de obra, pero finalmente como representación política. Es evidente que ha sido la oligarquía quien generó este juego de espejos que hoy nos paraliza. La novedad, es que ahora este poder económico y financiero adquirió finalmente representación política, es escuchado y actúa con unidad.

El campo adquirió representación política y por lo tanto el destino conservador de la política argentina esta sellado .

Sólo hay una ventaja en esto, ya no necesitan esconderse detrás de nadie, ahora pueden aparecer en la escena política, y mostrar una palabra tan consistente, o quizás mucho más, que los sables de antaño.

¿Entonces qué?, ¿hemos vivido de prestado?, ¿nunca tuvimos nuestra parte de la Argentina?. ¿Hemos sido los idiotas útiles de un proceso de modernización?.

Nada es gratis en la historia. Nada ocurre sin dejar huellas, sin llevarse su libra de carne.

El campo se piensa dueño porque posee el espacio. ¿Es el dueño por esto?. Hay que escuchar a los jóvenes que aprendieron bien la lección tarada y nos la repiten simplificada: -“¡Este es un paìs agricolo-ganadero, mal que le pese a algunos!”-. La simplificación a veces disipa el humo

Pero hay un problema: la guerra que se avecina no ocurre en el espacio, ni tampoco en el tiempo. No es una guerra de significaciones, porque las significaciones se han vaciado. La guerra que se avecina ocurre en el preámbulo de la constitución. Es una decisión política acerca de quienes somos y acerca de quienes queremos ser. No es poco. Lamentablemente esta decisión la deberán tomar los tarados, los tarados de nosotros y los tarados de ellos, los que sonríen y mueren levantando el pulgar frente a las cámaras, los que repiten la lección, sin entender lo que dicen.

La batalla final de la guerra que se avecina, sucederá en el preámbulo de la constitución nacional. Si las instituciones desaparecen mostrando su condición fantasmal, la única realidad que quedará y a la que todos le tememos: es la guerra de todos contra todos, la visión de Hobbes: homine, lupus, homine. Si la vieja dama nos protege y rechaza la pretensión de los primeros advenedizos de transformarse en dueños, creo que permaneceremos como poder político, pero para que ello ocurra, tenemos que aceptar que nosotros también hemos violado la ilusión que ella tuvo con nosotros, que nosotros también asesinamos a sus hijos.

Enrique Meler

Buenos Aires 14/07/2008

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CRISIS Y RESTAURACIÓN

vision y perspectiva

CRISIS Y RESTAURACION

Enrique Meler

 

Si el inglés transforma a los hombres

en sombreros, el alemán transforma

a los sombreros en ideas. El inglés

es Ricardo, acaudalado banquero

y distinguido economista: el alemán

es Hegel, simple profesor de filosofía

de la universidad de Berlín.

La crisis no es novedad, ni tampoco el análisis de la crisis. Tanto es así que los análisis epistémicos seudocientíficos o supuestamente objetivos de la crisis nos resultan vacuos, nos generan desconfianza. Preferimos para la crisis el análisis histórico. La empeiria parece ponernos a salvo de la vacuidad. La vana exactitud de la cronología nos tranquiliza los nervios. Pero ni la historia nos pone a salvo de la reflexión. Es más, no queremos ser salvos.

La cultura nos consuela de la crisis. Los historiadores egipcios que nos menciona Herodoto nos hablan de las crisis y terribles períodos de decadencia. La teoría aristotélica de los ciclos de De Generatione, nos llena de paciencia. Hasta el arte nos ayuda con Chejov y Orwell. Pero hay una condición presente para la crisis. En el tiempo que fuere, nosotros pertenecemos a la crisis y esta condición presente que nos inserta sin preguntarnos nos muestra también que el único objeto de la reflexión es justamente arrancarnos de la crisis. Es decir, ¿cuál es la índole del pensamiento? ¿Qué papel desempeña en nuestra relación con la crisis? Tenemos como generación, y por nuestra experiencia, una tendencia a pensar la crisis como crisis política y hemos puesto de moda, quizás un tanto compulsivamente, la palabra derrota. Pareciera que la palabra derrota es capaz por sí misma, pensada como experiencia de explicar la crisis.

Analizaremos esta palabra a continuación, pero quiero antes decir –aunque no tengo forma de aclararlo demasiado- que siento que la palabra tiene éxito porque hace a la contrapartida subjetiva de la crisis. Creo que la crisis es eminentemente social; con esto quiero decir que el origen de la crisis no es tanto la vicisitud histórica de la revolución argentina, como el genocidio mismo. A mi juicio (y comparando con otros, me siento en la obligación intelectual de decirlo) el aspecto más grave el genocidio argentino es que no ha dejado ningún espacio real para la supervivencia. Hay, me parece, un deber ser de la muerte así como un deber ser de la vida. El haber sobrevivido no es una casualidad ni un error; en realidad, siempre los que sobrevivimos estuvimos a salvo, que es como decir que logramos matar en nosotros mismos esa parte que hizo que otros murieran. Como se ve, a mis ojos se trata de un verdadero acto de canibalismo. No obstante, la supervivencia es un hecho. Estos son los términos en que se tematiza la derrota.

La derrota tiene muchos frentes. Puede encararse como una derrota militar (esto adula a los vencedores y también a los vencidos, que han venido reclamando un cierto status militar o de ejército que les es negado). Puede encararse también como la derrota de un pueblo. Como tal, tampoco resulta completa la mirada; parece demasiado definitiva. Nadie puede arrogarse el derecho de la victoria. Pero, fundamentalmente, entre los lugares de conciliación, cuando hablamos de causas principales de la derrota, se dice que hubo división en el pueblo. Si encaramos la derrota como una derrota militar, podemos afirmar que la guerra continúa: por otros medios. Pero me parece que ocurre algo más grave que esto, más profundo, no la derrota de un pueblo. En mi opinión, el marco militar no es el adecuado. El marco militar es el lenguaje de los vencedores. Y como primer paso aún para hablar de la derrota no estoy dispuesto a hablar de la lengua de los vencedores. La gesta por lo que pudiera valer, ha sido una gesta política. Hubo, creo, una clara subversión en el protagonismo de la historia; esta subversión se notó sobre todo, en la pureza de los valores, en el anhelo de justicia y en la voluntad de sacrificio. Ha sido, tal vez, la alegría del cordero aun frente al sacrificio. Por ahí se habla del “sacrificio del hijo”, figuraciones para una misma cuestión, una herencia interrumpida que es importante políticamente porque implica un corte transversal en la teoría de las clases y da para reflexionar al pensamiento cristiano en otro tipo de vínculo. El cordero, más que ningún otro personaje de la trama, reconoce que participa de un acto que trasciende la sangre y el miedo. Crisis política, entonces, porque es la política la que nutre de valores a la sociedad civil. Cuando nos referimos, por ejemplo, a la ética, sabemos que la actividad ha concluido, que casi ya no es tiempo de política. Ética para la finalización de los ciclos.

¿Qué nos arrebató la derrota? Esta es una cosa muy vaga, muy imprecisa. Una posta, un encargo generacional de conducir al país. Curiosamente, en este asunto no me parece que deba precisar más. Es bastante claro que la derrota nos robó nuestro tiempo, pensado como la experiencia de un mandato, como la satisfacción del mandato de nuestros mayores, aunque estos mayores estuvieran muy atrás en el tiempo cronológico. La derrota nos robó, entonces, nuestro tiempo como mandato histórico, con el poder y la representación de nuestros merecimientos. Sin duda, no se trataba de una herencia neutra; había una carga de esclavitud que se deseaba subvertir, y también una complicidad con la esclavitud, complicidad que representa la mayor perplejidad política de nuestra historia y con la que tuvimos que marcar una diferenciación definitiva. Este enfrentamiento, pensado como enfrentamiento generacional, fue tan grave que cortó las raíces mismas de la comunidad y puede compararse con la campaña al desierto. ¿Cuándo se cortan las raíces de una comunidad? ¿Cuándo se elige entre nosotros o ellos? es decir, ¿quién es la Argentina? Este es, entonces, el segundo término que caracteriza a la derrota; la derrota es política y generacional.

No se trata aquí de analizar a la revolución argentina, cuya vicisitud requerirá del esfuerzo de un equipo y quizás de una patria ya constituida en el corazón de sus protagonistas. Trato meramente de pensar en la derrota. La desaparición de miles de compañeros igual que en un juego de tiro al blanco, o que en el cuadro de Brueghel, El Triunfo de la Muerte, nos lanza a la supervivencia, que viene ya cargada con los valores de la derrota. En la supervivencia estamos solos frente a nuestro pasado político y completamente separados de toda trama social, yo diría incluso separados de toda realidad verosímil, mirando nuestra obra sólo en sus errores: la supervivencia no es vida y ésta es su principal mentira.

Precisemos entonces en qué hemos sido vencidos, si se acepta mi caracterización que es provisoria e instrumental como cualquier otra. No parecen habernos robado la victoria, sino la esperanza. Es decir: nada pudimos hacer con la victoria que obtuvimos, y es como si se nos hubiera vaciado hacia el futuro de la convicción sobre nuestros propios contenidos. Por eso digo: se nos ha derrotado en la esperanza. ¿Y por qué debimos desaparecer? Porque, de permanecer, hubiéramos ocupado nuestro lugar, no un lugar de victoria pero si un sitio donde iban a cristalizar contenidos y expectativas que no eran sólo nuestras: representaban nuestra herencia, una convicción profunda de la forja popular que nosotros simplemente tradujimos. No sería descabellado agregar que, quizás, fuimos sacrificados para que que no se inmolase el ideal mismo del pueblo.

Prisioneros de nuestra lucidez, no podemos sino ver que la crisis se separa de la derrota para mostrar su contradicción.

CRISIS DEL HUMANISMO

Lo más doloroso de la derrota es decir que nuestro tiempo ha pasado, y que la victoria como bien propio, personal o generacional, ya nunca será. Esta es la llaga, la inconsolable llaga que todos nosotros compartimos. Como la finitud, esto no puede revertirse. En este sentido, se trata de algo peor que una derrota militar. Pero hay algo más. Y es el hecho de que los contenidos intelectuales o políticos que nosotros produjimos tampoco eran sólo nuestros. Esto hay que entenderlo en un marco más amplio que el análisis de la derrota, más amplio pero no más novedoso. Yo pretendo que este marco sea la crisis del humanismo.

El humanismo parece haber surgido junto con sus crisis. Ya los paganos cultos se burlaban de la miseria intelectual de los primeros cristianos que, a cada paso, redescubrían la pólvora en los tratados de Platón y Aristóteles. Pero, finalmente, las olas ateas, cientificistas, orientalistas, sólo atinaron a afirmar que el verdadero humanismo era el que ellos pregonaban. Por mucho que nos disguste, no parecemos haber sido capaces de presentar ideas nuevas en lo que hace a la estructura ontológica del bien, la eticidad, la estructura ontoteológica… Todo parece generar una densa experiencia en torno a la Ley, la Alianza, los Diez Mandamientos, y por qué no el Sermón de la Montaña. Aun el pensamiento maldito de un Nietzsche no se acepta a sí mismo como destructor. El Supremo Destructor desea salvar al hombre de entre los escombros de su obra, e incluso fracasa. No es posible en un opúsculo de opinión como éste hacer un análisis detallado del humanismo. Quiero meramente decir que la idea de un humanismo contiene dentro de sí una nota distintiva que tiene relación con nuestro tema, una suerte de homo renacentista, un ideal humano que es el actor de este humanismo y que no ha cambiado tanto como se pretende a lo largo de nuestra experiencia judeocristiana. Este homo renacentista es por supuesto una propuesta teórica, algo que sirve para pensar las cosas y luego ser descartado, no un elemento de identificación, como un héroe o un justiciero. Alguien permeable a la cultura, capaz de conducir la ciencia: un interlocutor ideal para cualquiera de nosotros, pero alguien al fin que no puede estar vivo, que no puede experimentar el dolor de la Caída: un testigo, si se quiere, que acompaña siempre esta idea de humanismo y que va limando sus diferencias, que la va acomodando al devenir histórico. ¿Y para qué traigo esta idea estúpida y descabellada con la que sé perfectamente que estoy tensionando la paciencia general? Porque creo, sinceramente, que es esto lo que pedimos a la generación que viene. Lo disfrazamos de continuidad, pero no somos capaces de entregar la posta. La falta de este espejo nos impide abandonar nuestro puesto de jóvenes y envejecer, y me parece que éste es tema principalísimo en este encuentro. Sopla el viento del desierto sobre nuestros rostros.

Coincido con todos en que esta figura del hombre renacentista duplica el problema de la crisis del humanismo, pero no encontré otra forma de abordar aunque fuese someramente esta cuestión.

HUMANISMO Y UTOPÍA

Separo humanismo de utopía. Me parece que se puede describir al humanismo como reino de fines, una causa final, una mera exigencia. La historia nos separa a cada paso del humanismo, pero éste persiste como una fe o como una herencia. Sin embargo, no se trata de algo puramente formal, no es un lugar para la lógica, o una cuestión de palabras. No obstante, hay que decir que en el humanismo como fe o estructura ontológica de los valores no hay propiamente contenidos.

Un reino de fines se encuentra completamente separado de la vida. El humanismo encierra verdades que se reconocen como ciertas en nuestro corazón. Tienen una contrapartida subjetiva inmediata y son fines porque adquieren el contenido de un mandato. No obran por comparación ni son medida de lo razonable. Pueden ser negados, pero la virtualidad es el lugar de su mayor fortaleza. Cada vez que aparece la regla del humanismo, desaparece la regla de la humanidad real que trata quizás de alcanzar esta meta a través de su contradicción o, en términos clásicos, la Trascendencia a través de la Caída.

En cada ocasión en que abro la boca para decir estas cosas, se me critica afirmando que el genocidio no ha sido un fin en sí mismo (un acto de locura o de azar), sino un medio para imponer un programa económico neocolonial, y un programa político que ha repuesto a la oligarquía en el gobierno y que se ha traducido en el estado de indefensión en que se hallan los países latinoamericanos por haber asumido su imposible e insoportable deuda externa. No voy a discutir si la presencia de miles de compañeros asesinados hubiera podido impedir o no la política del patio trasero. El estado de indefensión de nuestros pueblos es un hecho y el genocidio también. Pesan demasiado sobre mi corazón como para pensar semejantes cuestiones como medios, pero hay algo más profundo que me obliga a rechazar esta posición justa y verdadera, y es el seguir obrando en la práctica política como si hubiera una revolución en marcha. Quizás la haya; no obstante, lo que es seguro es que nosotros no somos sus protagonistas. Creo que la falsedad de esta argumentación está aquí. No pretendo agotar la discusión sino sentar posiciones. Si asumimos que hay una revolución en curso, hemos olvidado que toda revolución es una cuestión de medios, de cómo hacer las cosas, de recuento de fuerzas, de plan de lucha, de objetivos mediatos e inmediatos. En este aspecto, no se puede ceder, y esto me lleva a otro gran tema que circula en todas las bocas: la utopía.

La utopía, al contrario del reino de los fines, está firmemente entramada con la realidad presente; es el acto de lamer la crema y dejar la tostada, de elegir lo mejor de una época, lo elegible, lo que nos parece brillante, y presentarlo como lo único real. Limpiar la realidad de su miseria en lugar de estar mascando la hostia seca y dura de la mediocridad, de la incomprensión, de la traición, del agotamiento. La utopía se encuentra a la vuelta de la esquina; se tarda en llegar a ella el tiempo que cueste arreglar los errores del presente. Podemos practicar la utopía si recordamos que para ella la historia es el testimonio de la voluntad de los hombres y que casi no tiene una condición temporal. La historia enseña que la realización de las utopías ha sido desastrosa y yo no puedo menos que repetir con Francisco de Goya: “Los sueños de la razón crean monstruos”. Cuando el hombre arregla la realidad acorde a una idea, elige invariablemente cortar lo que sobra, olvidando que en la naturaleza no hay vértices ni líneas rectas y que su visión de lo perfecto no es de este mundo. A mi me parece que puede haber para la trascendencia otra medida que la de la justicia.

No hay problema de relación entre la utopía y el presente histórico, porque la utopía no es otra cosa que este presente histórico empobrecido, por eso la utopía envejece tan fácilmente.

RESTAURACIÓN:

El otro tema que queda en la canasta es el de la restauración. La temida restauración parece ser el efecto inmediato de la derrota. Si bien el genocidio y la derrota son términos que se bastan y se agotan entre sí, la restauración es en nuestro siglo, un tema nuevo en el que la política internacional interviene y un nuevo proyecto para el mundo. La restauración es otra vez un tema demasiado vasto y sobre el que no hay demasiada evidencia como para este análisis. ¿Renunciamos a pensarlo? Quizás si, pero antes quiero determinar algunos puntos, unos pequeños puntitos. ¿Tenemos por delante como a la otra parte, a la antigua oligarquía, igual que en la época pre-peronista? Parece que si. El otro amigo nos cuenta que se volvió bueno porque ya no hay nada que le preocupe. No es que haya sido malo, es que estaba preocupado.

Quizás haya quien piense que los pobres heredarán la tierra. Yo soy judío y vaticino tiempos de marginalidad y barbarie. Cuando la debilidad mayor está en la organización, el objetivo debe ser la organización y no abandonar el tema debido a que es imposible alcanzar una organización perfecta. La organización es la comprensión de una herencia y darle a la libertad un contenido reconocible (y objetivo). Se dijo que la organización vence al tiempo. Hoy habría que afirmar que es capaz de producir un tiempo de hombres libres. Ellos harán lo que han hecho siempre, por supuesto, contando para eso con la complicidad de algunos y la credulidad imbécil de muchos.

Como siempre, lo importante es lo que vamos a hacer nosotros.

MISERIA DE LA FILOSOFÍA:

Se ha opinado muchas veces así. En este caso, se trata sólo del título de un libro. Su autor: Karl Marx.

¿Por qué traigo a esta altura un texto para su análisis? Creo que la discusión que se lleva adelante dentro de este texto es pertinente. Pero fundamentalmente lo que quiero es dejar de hablar como si todo lo que opino hubiera nacido conmigo. Quisiera hacer envejecer un poco toda esta temática, sin por eso decir que no hay nada nuevo bajo el sol. Miseria de la filosofía es una respuesta de una ironía incalculable, a la Filosofía de la miseria del señor Proudhon, anarquista francés muy reputado. En momentos en que Marx escribe, lucha contra el socialismo científico de Francia. Que es lo que el establishment tradujo finalmente de la experiencia de la Comuna de París (una Bastilla remozada), y lucha contra el socialismo de Estado de Prusia, cuyo representante más afamado parece ser el señor Rodbertus. No es mi intención entrar en la cuestión de fondo sino señalar algunos problemas generales:

1. ¿Por qué otra vez materialismo? En efecto, la tradición de la revolución americana rechaza el materialismo. ¿No es acaso una piedra de orden formal? Tanto como pueda serlo la comprensión de las cosas. No sé como vive el materialismo la revolución americana; yo lo vivo como una cuota enorme de sensatez en el pensamiento. En lugar de meter la realidad dentro de un sistema (y traducirla entonces) me parece el primer intento, quizás fallido, de meter un sistema dentro de la realidad. El materialismo tiene como su época una pretensión científica; se trata de una ciencia elemental, inductiva, sobre todo en lo que hace al análisis de la variable económica, pero con una gran vocación empírica. Una vocación empírica muy diferente de las actuales líneas de reflexión del pensamiento sajón, donde la verdad parece quedar reducida a la certeza, y la objetividad a las condiciones materiales del conocimiento. Yo asisto, perplejo, a estos afiebrados recortes que se efectúan, según métodos totalmente contingentes, en la objetividad del objeto, y que no parecen tener otra finalidad que arrancar al sujeto que piensa del centro de su propia reflexión, para luego derivar de esta objetividad así constituida con un destino siempre epistémico e hipotético, una suerte de “ética”, pero pensada sólo como fundamento de la conducta individual.

Este individuo así constituido desafía todo testimonio histórico y transforma a la libertad en la medida vacía de su propia voluntad. Estos padecimientos del pensamiento actual son conocidos. No voy a abultar con mis opiniones la bibliografía de las escuelas; no es ésa mi intención, sino quizás señalar que en 1840 Marx luchaba por un lado contra la idea de que la evolución (el progreso) era capaz de por si de curar todos los males; y por otro, de que el estado, mediante una reforma jurídica y su puesta en práctica más o menos compulsiva, podría imponer una justicia fabricada a la sociedad civil. Ya sabemos que Marx propone la lucha de clases como base de la dinámica histórica, a la luz de la revolución, creadora de la trama social y económica que produce la utopía. Podemos discutir esto o no, pero si afrontamos el problema con humildad veremos que en el centro de cualquier cambio para el pensamiento marxista se encuentra una decisión. He aquí el legado importantísimo de este libro.

Aunque aparece claramente en Miseria…, no voy a discutir la cuestión de la acumulación, plusvalía absoluta y relativa, que son sin duda la piedra basal de este pensamiento, así como su denuncia salvaje de un orden económico pensado para la explotación y el robo de recursos, cuya puesta a punto todavía estamos por sufrir.

El otro legado que quisiera recuperar para ustedes se encuentra dentro de una carta que Marx le escribe a Windemeyer, un dirigente social-demócrata. Marx está muy enfermo y con terribles dolores que no lo dejan dormir. Escribe una proclama para los obreros del Ruhr que están en huelga, donde anticipa el fracaso de la revuelta y hace un análisis de la explotación carbonífera en la cuenca porque –le dice a Windemeyer- eso va a ahorrar vidas y a fortalecer la lucha en el largo plazo. Pocos días después, Marx muere. La proclama no llega a terminarse. Esta carta tuvo para mí una enseñanza definitiva, que quisiera compartir con ustedes: un sentimiento de urgencia del pensamiento.

Durante su vida, Karl Marx vivió en siete países y ellos sufrieron siete revoluciones (entre ellas, la única que recuerda la historia de Suiza). No puede decidirse que esto sea un pensamiento. Más bien parece una antorcha encendida en el vientre de la humanidad. No voy a aburrirlos con el análisis detallado del texto sobre Proudhon, aunque no tiene desperdicio. Transcribo, si sus conclusiones:

Sólo en un orden de cosas en el que ya no existan clases y contradicción de clases, las evoluciones sociales dejarán de ser revoluciones políticas. Hasta que ese momento llegue, en vísperas de toda reorganización general de la sociedad, la última palabra de la ciencia social será siempre: luchar o morir. La lucha sangrienta o la nada. Es el dilema inexorable.

George Sand

Había olvidado la frase de George Sand, que transcribo literalmente; esta escritora de novelas de costumbre no es santa de mi devoción, creo que Marx coloca aquí esta frase como una reivindicación de los esfuerzos de la Comuna de París, cuya lucha ha criticado, pero a quienes seguramente no consideró sus enemigos. Por mi parte, quiero agregar que yo tuve una tía (se llamaba Dvora). Fue madre de cinco hijos, ostentaba un carácter arbitrario y terrible: practicaba el teatro vocacional y el feminismo incipiente de principios de siglo. Era admiradora de George Sand. Se disfrazaba de hombre y fumaba en público. Fue extremadamente pobre; quizás eso debió irritarla tanto. Fue asesinada por lo nazis. No llegué a conocerla; no obstante, no estoy dispuesto a ceder, a dejar de sostener esta inconsistente memoria de su vida, que debió ser mucho más rica o diferente.

Son las realidades que produce la reflexión. Podemos elegir: tejer sobre abstracciones, sobre la existencia en general, sobre el valor de la existencia particular o, como yo, algo impúdicamente, mostrar la existencia como cosa propia. Obligarlos por un momento a participar del peso de una herencia, con el objeto de gestar una utopía que nos arranque del futuro vacío de la supervivencia.

Más aquí o más allá de lo que digo, creo que pensar en nuestro caso equivale a no ceder.

Enrique Meler

Buenos Aires 1992

EL FIN DEL CAPITALISMO:

“La nueva estética enseña que la historia ya no es el reino de la razón concebida como persona”

Los cuervos no tienen sueños

Por eso sueñan los sueños de los hombres

Pero cuando los hombres sueñan

Los sueños de los cuervos

Mueren.

Qatzrin

20/11/2004

Enrique Meler

A Erasmo, el imprudente

Miseria del postmodernismo:

El fin del capitalismo es el temor y el sueño de todos. Asistimos a la frase del presidente de la República del Irán que nos dice algo que tememos escuchar: “esta crisis representa el fin del capitalismo”. Tenemos ante los ojos la palabra del enemigo, el enemigo nos dice mentiras pensadas como verdades, allí reside su eficacia. Anteriormente Ahmadinejad nos dijo: “el holocausto es una ficción”. ¿Cómo entender esta frase?. Soy judío, puedo oponerme, puedo escandalizarme, pero siguiendo las ideas de un ilustre maestro: Baruch de Espinoza, pretendo reflexionar acerca de ello. Ahmadinejad evidentemente conocía el escándalo que iba a sucitar su afirmación. No podía ser desechada, porque se trató de la palabra de un pueblo, el pueblo persa, quién cultiva paciente y tenazmente su instrumento atómico. La frase fue dicha en el sentido de la acusación que nos hizo Bin Laden cuando enrostra a los líderes occidentales que no pueden cuidar de su gente luego de haber hechos estallar las Torres Gemelas, casi sin medios con cuchillos de plástico. Esa batalla fue un canto al coraje, una blasfemia y una humillación, también fue un grito de guerra del tipo: “Remember the Alamo”, “Remember Pearl Harbour”, pero especialmente en este caso: “Remember Hiroshima”. No obstante, es un persa el que habla, aunque oculte este origen y se nos aparezca como un defensor de la causa árabe, como un defensor del Islam. Lucharemos en su contra, la guerra es principalmente inhumana porque no nos permite elegir, nos nos permite elegir bandos, así como tampoco nos permite elegir el coraje, los hombres nos debatimos en esa múltiple esterilidad, ya sea que nos toque actuar en la victoria, o que nos toque actuar en la derrota; y ahora la guerra ha estallado. Sin embargo tratándose de un persa, estoy tentado de recordar una batalla más lejana, la batalla de Salamina.

Quizás los persas vengan a levantar aquella antigua derrota que posibilitó el imperio alejandrino y finalmente la preponderancia militar de Europa sobre el mundo del siglo XIX. Este es el equilibrio que la guerra religiosa que encaramos viene a restaurar, se trata de una ofensa de aquel tiempo, pero la humillación ha permanecido dolorosamente presente para los pueblos del Asia colonizada. Yo soy un contemporáneo del cha: Reza Palhavi y como yo debe haber millones de persas para quienes la así llamada: “revolución blanca”, no es un hecho remoto, ni mucho menos. Vayamos al análisis de la primera afirmación: El holocausto no existió.

Creo que el fino caballero oriental se refiere al escenario del Asia, allí no hubo ni ha habido holocausto judío durante la segunda guerra. Pese a los esporádicos progroms a que nos tienen acostumbrados los árabes, hay que coincidir en que la presencia de los judíos en Asia es un hecho que tiene que ver con la multitud de refugiados de los campos. Creo que esta afirmación pretende llamar la atención del mundo sobre el hecho de que los habitantes de los campos del Asia, no son judíos; y que los judíos son en el Asia, los exterminadores, sin profundizar en las razones, esto parece ser cierto, y de nada vale decir que los campos palestinos no son de exterminio, cuando los palestinos en Gaza deben vivir entre un muro y el mar bajo la mira de los fusiles del ejército judío. Esta es una afirmación que se puede discutir, pero no es un sinsentido, ni tampoco se trata de un escándalo, si es que creemos en el significado real de la frase. Sobre el particular, a la luz de lo que sucede, hay una situación inversa, a la del holocausto. Pero creo que el verdadero cuestionamiento es sobre la universalidad de la víctima judía, los judíos no somos víctimas de cualquier situación, ni tampoco debemos aceptarlo, y mucho menos el papel de víctimas debe ser la excusa que justifique cualquier acción política o militar que tomemos, las acciones de los hombres debieran ser juzgadas por sí mismas, y cualquier persona tiene derecho de juzgarlas por su condición presente, sobre todo cuando el papel de la víctima se encuentra en abierta contradicción con lo que se está diciendo. Es un tema sobre el cual los judíos debiéramos reflexionar, pero no lo haremos, porque no nos conviene. Sin embargo, sí, le pediremos a todos nuestros enemigos que lo hagan, que cada vez que levanten el puño en nuestra contra piensen en el dolor de nuestro pasado y por cierto se detengan. Debo decir que no hemos tenido mucho éxito en convencer al mundo de esta posición. Y esto ocurre porque esta posición es falsa y no se sostiene. Por cierto nuestros enemigos se detienen ante nuestros fusiles como debe ser, pero no ante la fuerza de nuestros argumentos.

Vayamos a la segunda afirmación también muy jugosa: “este es el fin del capitalismo”.Cuando Irán piensa en este fracaso, piensa específicamente en un fracaso militar. El fin del capitalismo no es el fracaso de la economía sino que se trata de una derrota en la guerra. Sin embargo el escenario que lo lleva a expresar esto no es el de la guerra, sino el de la economía: ¿qué quiere decir entonces?. ¿Es una expresión de deseos?. Para entender esta frase deberemos aceptar algo dificil, pero que hace mucho que se afirma, y se sospecha: que el capitalismo no es necesariamente una organización de la economía sino un sistema de ideas mucho más vasto y misterioso, sin el cual el socialismo pareciera carecer de todo sentido. El capitalismo sin duda es una teología. Esta interpretación ya se encuentra en los Manuscritos de París. No es muy novedosa. Aunque yo quisiera hacer algunas precisiones a partir de ciertos sucesos recientes.

Esta crisis tiene, me parece a mí, dos características principales: es una crisis seca y se trata también de una crisis de representación. Decimos una crisis seca porque el primer síntoma es la falta de circulante; la quiebra del sistema crediticio. Todo el mundo coincide en que el problema se originó con la apertura de los paquetes hipotecarios y la hipótesis principal ha sido que esta apertura se ha debido a que los precios de la propiedad en USA, cayó. Pero en este punto, la especulación se detiene, porque seguramente nos encontramos ante una petición de principio [petitio principii]. Es decir, no ha sido posible discernir, por lo menos en la literatura económica que hay a la mano, si los paquetes se abrieron porque decayeron los precios, o si decayeron los precios porque los paquetes fueron abiertos. Por muchas bromas que se quieran hacer al respecto, este asunto no resulta claro. El derrumbe del crédito nos lleva a la otra pata de la crisis, que es el problema de la representación, es decir que el dinero no representa bienes reales. Sin embargo si la representación de los bienes fuese puramente convencional y estuviera completamente disociada de todo vínculo real, tampoco hubiera habido crisis, porque el sistema hubiera continuado en el universo de la representación como había ocurrido hasta ahora. En efecto; el crecimiento de las empresas de orden financiero, se ha llevado a cabo exclusivamente en el universo de representación, y completamernte disociado de la producción de los bienes reales, por lo menos en lo que hace a la composición de los precios. ¿Entonces: por que de pronto se necesita vincular los precios a los bienes reales?. La respuesta hipotética para esto, es que el saldo de las hipotecas resultó superior al precio total de la propiedad prendada, pero eso sin duda es una petición de principio. Cuando esto ocurre el paquete ya ha sido abierto. Actualmente tenemos la situación de un paciente global con leucemia al cual se le inocula una cantidad indeterminada de sangre (3 billones de dólares estadounidenses aproximadamente), cuando la indefensión puramente financiera, ya no la productiva que resulta inabarcable parece de 3,2 trillones de dólares estadounidenses. Aproximadamente el triple de lo que llevó la reconstrucción de Europa después de la segunda guerra. El carísimo escudo misilístico interplanetario que promueve discusiones lógicas porque pone en tela de juicio la soberanía de las naciones cuesta unos 300.000 millones de dólares, calderilla como dicen los españoles. Son cifras cuyo tamaño, indica la magnitud de la tragedia que está por venir.

El capitalismo financiero ha criticado duramente el desarrollo marxista de la teoría de la plusvalía absoluta; y de la teoría de la plusvalía relativa. Después de la primera sonrisa condescendiente por parte de la izquierda progresista, veremos con angustia como los poderosos vuelven a utilizar su poder para apagar este fuego y como lo logran. Efectivamente parece algo seguro que el desborde financiero de la crisis podrá ser contenido, pero las trasfusiones no curan la leucemia que sigue trabajando y lleva a un organismo a las puertas de la muerte

En realidad el capitalismo financiero no sólo ha ganado la batalla militar contra la teoría crítica de la plusvalía absoluta y en contra de la teoría de la plusvalía relativa, también ha vencido en la disputa ideológica contra ellas.

La base crítica expresa que la obsesión por ligar todo el análisis de la economía a la economía real, ha impedido la flexión, el crecimiento y la infinita diversidad, que esta disociación entre la capacidad productiva y la capacidad financiera han permitido. Esto es cierto, y se ha sostenido los últimos cincuenta años en que los regímenes ligados a una economía real han sufrido un agudo proceso de desinversión que ha traído un enorme sufrimiento a sus pueblos. Estos paìses han criado ejércitos enormes y carísimos, policías sofisticadas, para contener la natural rebelión que esta injusticia ha producido; y el argumento de que los pueblos finalmente se torcieron, deslumbrados por el goce del consumismo, cuando en esos paises falta lo más elemental, no parece un argumento muy consistente. También se refugian en la macro, es decir, somos fuertes en infraestructura, salud, educación, etc. Pero la macro no contempla la necesidad humana, se le dice a los hombres que deben sacrificarse para salvar al pueblo, para salvar a la nación, para salvar a la revolución, para asegurar el futuro, pero han terminado engordando camarillas corruptas que los han exterminado con los medios obtenidos por ese mismo sacrificio.

A mí esta situación me lleva a revisar algunas ideas propias del pensamiento marxista que es mi cuna. El marxismo acuña el concepto de mercancía que es la representación de un bien en dinero y agrega que esta representación es una negación de la esencia de este bien, se trata de una representación que convierte la esencia del bien en un fetiche. Es decir, critica en el inicio al capitalismo, por desvincularse de la economía real. Estamos en 1844. Todo esto ya forma parte del credo marxista.

Iremos a lo más elemental, a discutir los fudamentos del marxismo dentro de los Manuscritos de París mismos. Digamos que el dinero ya no es la representación de un bien: sino que es un bien cuya representación es la riqueza . Esto sólo puede ser cierto por las consecuencias de lo que ha venido ocurriendo. Pero yo les propongo de manera hipotética y un tanto antojadiza, seguir por este camino. Llamaremos riqueza al género cuya especie es la mercancía. Si el hombre tiene un ser genérico que la propiedad aliena, la mercancía también puede tener el suyo que será la riqueza. La riqueza no es entonces, la posesión de ningún bien en particular, sino la capacidad de adquirir cualquiera, pero me parece inconsistente pensar que los bienes por el hecho de ser adquiridos pierdan su esencia particular. La adquisición genérica de los bienes es una representación de la libertad individual, no en el marco de la sociedad, no se va a tratar de la libertad de un hombre entre los hombres, sino de la capacidad abstracta de adquirir algo en tanto rico. Esta libertad no escapa de la órbita individual, ni carece de todo límite, porque nadie es capaz de adquirir todo bien. Sin embargo resulta intrínsecamente humana, porque la adquisición tiene que ver con la satisfacción de una necesidad y es la proyección en la cultura de las necesidades biológicas del cuerpo. La capacidad de adquirir no entraña una cosificación, ni tampoco la deshumanización del hombre. La historia demuestra un sentimiento espontáneo de realización personal, frente a la capacidad de adquirir, a la cual no escapa nadie, ni siquiera aquellos que tienen un acceso muy limitado a la misma. La capacidad de adquirir se ha transformado en la energía misma de la vida y en su representación. El marxismo enseña que este es un callejón sin salida, y que mediante la educación debemos cultivar un camino alternativo, pero este camino alternativo ha probado ser de naturaleza artificial, y contrario a la vocación de naturaleza individual. Entonces el dinero es un bien privilegiado a través del cual nos constatamos libres, y la capacidad de adquirir esta en relación directa con nuestra libertad de acción. La austeridad en cambio, nos arroja del mundo. En la austeridad la única capacidad humana es la de renunciar a todo, sólo por este camino miserable, podemos sentir un efecto paradojal al de la libertad, la cual es justamente la aspiración de poder conseguir todo lo que querramos. Tal es así que vemos a las personas angustiadas por su incapacidad de adquirir bienes, vemos disolverse los matrimonios, perder los empleos, no por problemas de orden objetivo, sino porque la incapacidad de adquirir se va tornando en una incapacidad en sí misma. Una disminución de la vida misma.

¿Cómo es la historia que genera esta subjetividad?. Revisemos someramente a Hegel. La esencia humana proviene de un acto que produce una determinación. No se trata de una actividad meramente constructiva sino del descubrimiento de un cierto hilo conductor cuya actividad genera el reconocimiento de lo que es propio dentro del estado, una finalidad teológica. El crecimiento histórico depende de este reconocimiento, pero este reconocimiento no es evidente para el espíritu subjetivo. Hegel denuncia la inconsistencia del sujeto cartesiano, cuya contrucción histórica será siempre hipotética, queda pendiente de demostración. Sin embargo la reconstrucción histórica del sujeto, vuelve a recaer en otro sujeto cartesiano y renueva su insuficiencia. ¿Es esto lo que verdaderamente ha ocurrido?.

El liberalismo ha tenido dos siglos para anidar en el corazón de occidente: el XVIII y el XIX. Sin embargo la disputa real proviene de la guerra fría. Justicia o libertad. La justicia romántica deja al sujeto en las garras de la razón instrumental cuya crítica se ha demostrado falaz. Desarrollemos el tema para que se entienda.

¿Cuál era el discurso del estado estalinista durante la guerra fría?. Clamaban contra la guerra, eran los defensores de la paz y esclavizaban a los paises limítrofes en el nombre de esa paz. En la disputa estratégica entre las superpotencias los americanos hablaban de la superioridad rusa del ejercito de tierra del Pacto, sin embargo los rusos retrucaban que esta capacidad debía resultar equivalente a la suma de todos los ejércitos occidentales en Europa; y tenían el recuerdo de la invasión a la Rusia Soviética por parte de dieciséis ejércitos europeos coaligados, en el inicio de la revolución. Fue esta disputa la que generó la carrera armamentista que terminó en una competencia nuclear, la única forma de equilibrar la supuesta superioridad terrestre del Pacto. Había la convicción de que el Pacto se encontraba en capacidad de llegar a España en seis semanas. La competencia nuclear tornó superflua la superioridad convencional del Pacto ya denunciada por Churchill después de la segunda guerra mundial.

Por otra parte lo que la Voz de América defendía no era la preponderancia de las naciones democráticas, sino la preponderancia de la democracia dentro de las naciones, lo cual convirtió la guerra en una aventura de dominación por un lado y en la disolución de las naciones por otro. Evidentemente la guerra llevada a puntos lejanos, mucho más allá de las fronteras naturales de las naciones, se fundaba en la doctrina del presidente Adams, expresada poco después de la independencia americana: nosotros no tenemos relaciones permanentes en el mundo sino que tenemos intereses permanentes. Como se ve, el comienzo de la aventura colonial era bastante antiguo.

No quisiera perderme en la multitud de los detalles. Según parece las naciones han sobrevivido a la aventura de la dominación, una aventura que comienza en la època de las luces con Napoleón, pero que tiene su reflexión más lúcida en Hegel. Esto ha ocurrido porque el individuo de carne y hueso, el individuo concreto encuentra su conexión social en esa pertenencia. A través de ella se siente capaz de vulnerar al estado que lo esclaviza munido del sueño de libertad que le ofrece el liberalismo, convertido ahora en algo mucho más poderoso que el ideal humano, algo capaz de hablar al corazón de cada quien, prometiendo una utopía de libertad. Este es el espejismo de la dominación. ¿Por qué situamos esta controversia durante la guerra fría?. Porque la guerra fría es la tensión política de una disputa ideológica en el momento en que el liberalismo sufre su crítica más consistente por parte del marxismo. El marxismo critica la filosofía del Derecho de Hegel, en especial la teoría de las clases, la cual integra a la evolución la constitución de las clases sociales dentro del estado alemán. Este desarrollo no contempla un elemento nuevo de grave evidencia histórica: la explotación del hombre por el hombre.

Es a partir de esta contradicción que Marx intenta una reconstrucción y una simplificación de la teoría de las clases y del sentido del estado. El gran concepto que Marx critica es la supuesta concordia del pacto fundacional de las naciones, la concordia que debe fundar todo contrato. Por primera vez se propone una genética para la fundación de las naciones que tiene que ver con la lucha por los frutos del trabajo. En esta visión la concordia sucede a una situación previa de dominación entre poseedores y desposeídos que esta concordia oculta, y que pareciera ser el motor mismo de la evolución. El marxismo critica la libertad que propone el liberalismo, nos presenta un sujeto despojado del fruto de su trabajo a quien se le ofrece una libertad espúrea, una falsa actividad electiva que sella la desigualdad social y la condición sometida del asalariado. El marxismo instala la guerra en el paraíso liberal. ¿Pero cuál sería el paradigma ideal de un operario no asalariado?. Porque este operario tampoco se encuentra directamente vinculado con el fruto de su trabajo. El trabajo que realiza no cubre sus necesidades más elementales. Entre el trabajo y los bienes se encuentra la mediación del estado y la justicia que este estado hipotético administra, no recae tampoco sobre el hombre concreto. Sólo la clase será la garantía política de la buena administración del estado, un estado que no se robe el excedente. Sin embargo la identificación del operario con la clase es un ejercicio mediato y reflexivo, que a lo sumo dependerá de una experiencia histórica, y todos sabemos que ha sido la experiencia de la guerra y de la dictadura. Grave problema, porque este estado en suma, será el administrador de la humanidad del hombre. Esto es lo que ha sucedido, que el estado ha sido el verdadero actor de la libertad individual.

La voz de América promete un poder, una capacidad estrictamente personal incomunicable y secreta de acceder a la totalidad de los bienes en términos de justicia, porque en esta promesa la justicia esta signada por la capacidad individual para obtenerla. He aquí la fortaleza cívica de la nueva República Romana, la fe con que sus individuos construyen la dominación. Este ha sido más o menos el lenguaje ideológico de la guerra fría. Con este bagaje enfrentamos nuestra guerra religiosa de hoy en día, una guerra religiosa en términos de la razón instrumental.

El trueque entre libertad y dominación tiene relación con el lenguaje del socialismo europeo o de la socialdemocracia. Se nos propone no llevar nuestro esquema hasta un extremo, sino detenernos a medio camino. Tenemos un vehículo capaz de llevarnos a la velocidad de la luz, a un vértigo cibernético, cuyo alcance apenas podemos percibir, pero que sí, podemos imaginar, porque ocupa la totalidad de nuestro espacio y somos incapaces de imaginar la vida sin él. Pero debemos ser prudentes con su aceleración, debemos someter la evolución a un límite de modo tal que sea supuestamente a nuestra medida, aunque la evolución instrumental nos ignore permanentemente y nos entregue nuevos moldes a los cuales deberemos adaptar nuestras pretensiones. No hay que ser un adivino para percatarse de que iremos hasta el fin, de que no podremos tomar esta maquinaria para después deshecharla, basados en el peligro de una amenaza incierta. Así el capitalismo ha sido lanzado hacia el imperio, lanzado a llevar a cabo el sueño napoleónico y el resultado, como en Waterloo, ha sido la guerra y la destrucción. Hoy queremos detener la guerra y la maquinaria, somos súbitamente ecológicos, queremos salvar el planeta. Vivimos la pesadilla de la realización de la razón instrumental. El espejismo muestra que estamos en un reino construido por nuestra mano, cuando en verdad es este reino el que nos ha construido a nosotros. Mi perplejidad se expresa de la siguiente manera: ¿por qué pensamos que aquél ideal humano, dueño de un equilibrio sin historia, en el cual nos sentimos infantilmente realizados no forma parte de la pesadilla?, ¿por qué pensamos que aquel desvalido ideal humano se encuentra a salvo de la presente pesadilla?. ¿No sería más razonable pensar que aquel ideal humano es el verdadero motor y principio de esta razón instrumental?.

Victoria y Fantasía

Recién ahora podemos pensar en la afirmación de Ahmad Ahmadinejad. Se trata de una falacia, de una afirmación falsa. El es simplemente otro de los barones de la guerra. Todo su pensamiento se expresa en términos de victoria o de derrota. Cuando pensamos la historia en términos de guerra, la historia jamás escapa de la voluntad humana, pero dentro de la tradición occidental esta es una certeza discutida. En efecto, a mi juicio las religiones vienen a ocupar una necesidad que no tiene relación tanto con la muerte, o con la continuidad de la vida más allá de la muerte, sino con la necesidad sobre la que esta carga ideológica se imprime. No me parece diferente desde el punto de vista de esta necesidad metafísica, que hablemos de un mundo más allá de la experiencia, de un mundo ilusorio, de la evolución, del progreso, o de las leyes de la naturaleza. Frente a las tradiciones laicas y religiosas nos sentimos en una situación de espera, y también nos sentimos frente a una situación de límite. No conseguiremos realizar toda la carga de nuestra pretensión y si lo conseguimos ya no seremos nosotros mismos. Hay una suerte de suspicacia anticartesiana que viene desde el fondo del tiempo, pero no estoy describiendo aquí una condición propia de un saber, sino una estructura ontológica. Cuidamos de esta tradición, que es nuestra perplejidad más profunda. y también nuestra más grande convicción.

Esta convicción es lo que la guerra viene a disolver.

Llamamos cartesiana a esta convicción porque ha sido Renato Descartes, quien dice claramente que ningún mecanismo es capaz de asegurar la verdad más allá de nuestra convicción de algo como cierto. Aún la fórmula más apodíctica debe ser aceptada como cierta para establecerse. Efectivamente esta convicción no ha sido capaz de fundar la historia de los hombres, no expresa el contenido de la libertad humana, porque no supera la imagen de un solipsismo fantasioso que no tiene ninguna relación con la naturaleza del ideal humano. La conciencia solipsista es la esencia de la dominación, disuelve a la conciencia histórica y sólo puede ser establecida por la guerra.

Aún los judíos hemos fracasado una y otra vez en cuidar de esta tradición primera. Es cómo si el tiempo y la experiencia de los pueblos fuera enemiga de este resguardo. También se han opuesto a ella todas las grandes religiones intelectuales. Yo me he detenido largamente en este tema. Quizás el primer ídolo frente al cual nos hemos arrodillado, ha sido el estado mismo. Porque el estado en su esencia niega toda experiencia comunitaria. Entonces, el fin del capitalismo yo lo entiendo como la pérdida reiterada de nuestra tradición comunitaria, porque esta subjetividad, que hemos descripto para escándalo de algunos que nos leen y que de inmediato afirmaron: ¡pero estamos ante un sujeto Weberiano!: ¿con esto desea usted refutar al materialismo dialéctico?. Boolshits. Yo meramente he querido describir un proceso inverso para la subjetividad, sólo mediante esta descripción podremos determinar sus problemas y conste que he sido mucho menos condescendiente que Sócrates en mi desarrollo. A continuación tendré que agregar.-“ Dime Hippias, tu que eres tan brillante y decidido…”- . En el fondo pensar no supera el ejercicio kantiano: encontrar los límites del logos y la manera en que este límite modela la subjetividad, eso es la ontología; la teología en cambio es la bolsa del misterio, el continente de lo que ignoramos.

Dialéctica y Necrofilia:

¿Cómo ordenar contenidos tan dispersos y antagónicos?. Me parece que hay que comenzar por la frase de Adorno: « Auswitch recommence partout où quelqu’un passe devant un abattoir et pense : ce ne sont que des animaux ». No es una frase muy misteriosa, nos habla de una humanidad que ha sido dejada atrás, pero también de la lucha, de la resistencia en contra de esto. ¿Cómo es esta resistencia ?, ¿qué debiéramos hacer para dejar a Theodor Adorno satisfecho ?. El primer ingrediente de la resistencia es sin duda una suerte de restauración. Volver a lo de antes. Fíjense en lo que se ha perdido. Por supuesto esta vuelta al origen, este regreso a Viena, no es un regreso ingenuo, Adorno nos pide que llevemos Auswitch a cuestas, la parte de Auswitch que él piensa que nosotros hemos producido. Entonces seguramente a Adorno no lo va a conformar un mero resurgimiento ingenuo de las artes y las ciencias, él quiere saber :¿cuántos de nosotros sienten : « ce ne son que de animaux » ?. ¿Y que tuvimos ?, tuvimos artes y ciencias en grado sumo. Tuvimos a Beckett, a Borges y a Cortázar, tuvimos a Heidegger. Tuvimos de lo mismo, más. Como conocimiento bruto avanzamos, produjimos milagros y redenciones de todo tipo, le hicimos caso. Y también tuvimos abattoires, no han faltado los mataderos en efecto; o sea que no hicimos caso. ¿Acaso él quiere una restauración de la tradición judeo-cristiana injustamente mancillada por el desprecio de la carga histórica ?. ¡Faaaa !. Tampoco esto es cierto, la Iglesia cristiana tuvo tradición papista, ha sido una iglesia de príncipes, y tuvo también experiencias franciscanas, tal como la teología de liberación. Sin embargo más y más hemos regresado a una época en que los actores de la historia se han ido disolviendo, una época en que los actores reales, los herederos renacentistas han retornado a sus conventos, religiosos o laicos, se han ido escondiendo del rugido de la nueva bestia humana que avanzaba por las calles de las ciudades. Unos clamaron por el regreso de los cazadores : alguien que nos libre de la bestia y otros clamaron por el regreso de los domadores: alguien que nos amanse a la bestia. Pero en ambas alternativas la evidencia cartesiana es la misma : la bestia ha dejado de escucharnos. Las voces más profundas han expresado todas el mismo diagnóstico, incluso el mismo Adorno : la razón instrumental jamás se convertirá en persona. Este camino ha probado ser un callejón sin salida; en alemán: holtzwege.

El Ideal Humano :

El ideal humano, cualquier cosa que esto sea, parece ser la medida de la disconformidad de Adorno. Los sueños del desprecio parecen una pequeña prepotencia infantil, frente a la presencia del Desprecio. El desprecio ha ocurrido : la humanidad buscó destruirse. La última clase de Adorno en La Sorbonne. Unos alumnos del mayo francés, se desnudaron e hicieron el amor en medio de la clase para expresar el hecho de que de entonces en adelante ellos hablarían otro idioma, de que no reconocían ninguna deuda, ninguna carga, ninguna: aitía. A la vez siguiente Adorno dio la clase en calzoncillos y renunció. Así avanza la historia, tiene que ver con ocupar el lugar del otro, ya sea que lo quiera dejar o no. No siempre resulta elegante. Todo esto hoy en día nos parece de una ingenuidad pasmosa. Pero hay una evidencia de hierro: después de Auswitch hemos seguido caminando. También hemos crecido, seguramente los buenos, resultamos mejores que aquellos intelectuales vieneses, o que los parisinos del año 20. Hubo ilustres que también despreciaron esta carga, antes y después de Adorno : Max Planck, Nietszche, Wittgenstein, Hobbes, Spinoza y la lista debe ser mucho más larga.

¿Qué es este ideal humano?. La izquierda habla de recuperar la utopía. Se refiere en realidad a algo concreto como la capacidad de modificar la realidad, sin embargo las razones que dictaminan las causas por las cuales hemos perdido esta capacidad, distan mucho de quedar cristalinas. Ideal humano, con el que soñaba Marx, una sociedad sin clases, la Nueva Atlántida de Bacon, el libro de Moro. Quizás haya sido Platón el primero que comenzó a pensar la política a través de paradigmas. Tenemos la lógica tendencia de créer que los paradigmas se encuentran en el fin de la historia, en el topos ouranos, en el cielo cristiano, pero los paradigmas son un instrumento de modificación del presente, se diseñan para ello. Nadie se interesa por la vida celestial, el paradigma tiene dos objetivos principales: instaurar el dogma y el credo. Digo más, su significación se nutre de un contenido histórico corriente, no necesariamente presente, pero sí corriente, de alguna manera vigente durante la instauración del paradigma. El paradigma aún entre los judíos ha sido y es esencialmente cartesiano.

El paradigma es un mito laico.Construye su propia estética.

La estética es aquí el límite, lo que nos hace elegir algo, lo que hace que elijamos algo como cierto. En este punto hay que retomar mi tesis central que es epígrafe de este artículo: “La nueva estética enseña que la historia ya no es el reino de la razón concebida como persona”. Es aquí donde la dialéctica se convierte en necrofilia, mal que le pese a Sócrates no puedo acompañar en este punto la crítica antimarxista, aquí es donde la controversia muestra su miseria. La temática de la deshumanización es larga como las barbas de Matusalen. Hay una lista de finos y mediocres pensadores, existencialistas, marxistas, cientificistas, señoras gordas, burgueses liberales, peronistas, nazis y comunistas, cristianos y judíos, todos somos dueños de la humanidad que no realizamos, ese es el sentido de nuestra vida. No obstante, casi en todos los casos, el paradigma se encuentra al alcance de la mano y se requiere poca voluntad para alcanzarlo, una suerte de reforma moral, cobrar algo de coraje. ¿Pero que es propiamente esta razón instrumental?. Hemos dicho que el capitalismo es una condición teológica, mucho más que una estructura económica o de relaciones de producción, pero su ley principal, que ya nadie discute, la ley de acumulación, involucra aspectos que ya no son propios de la producción de bienes.

Curiosamente yo veo que la ley de acumulación originaria y la razón instrumental tienen la misma relación con el universo al que refieren.

No es una afirmación extraordinaria, los frankfurtianos, se han cansado de repetirlo, pero para no ser tedioso: como Adorno ha elegido a Francis Bacon , yo prefiero quedarme con el tano Galileo. Me gusta el tano, mi generación empezó a amarlo a través de Brecht, hay que reconocerlo. Pero Galileo me parece una especie de artesano, un hombre que come fruta, que le gusta ver crecer las plantas, y que tiene poca paciencia. El comenzó a examinar la física aristotélica para encontrar que estaba todo mal: ¡achidente!. Y entonces estableció sanamente una frontera tajante entre lo que se sabe y lo que se ignora. Sin embargo, esta división que la ciencia jamás ha abandonado, no se produce de manera ingenua debido a que Galileo haya sido una persona prudente con el saber. Esta división: forma mundo. ¿Qué quiero decir con esto?. Que ilumina nuestra manera de relacionarnos con lo que se ignora de manera definitiva. Después de Galileo la ciencia jamás podrá desprenderse de la teología que ha venido a reemplazar.¿Por qué?. Porque el infinito ha hecho su entrada en la historia. Ya sabemos todo esto. Trato de referirlo rápidamente, para pasar al tema que quiero desarrollar aquí.

La razón instrumental reemplaza el colectivo por el universal.

El paraíso griego y pagano de pertenecer a un mundo capaz de ser cuantificado ha desaparecido. Notablemente también llamamos cuantificadora a la razón instrumental. La barrera entre lo que se sabe y lo que se ignora ha venido a reemplazar la antigua barrera entre el hombre y la naturaleza. En un mundo insondable el individuo ya no es una referencia, es una hipótesis. La antigua relación provenía de un fuerte comercio entre el hombre y la naturaleza. Esta desconfianza en la percepción y la necesidad de pruebas que nos pongan en relación con una totalidad desconocida respecto de la cual la ley física es un rastro cifrado, a menudo inconsistente y falso, muestra un síntoma, ¿pero cómo podremos corrernos de nuestra aceptación de algo como cierto?. Hegel mismo quiere describir esta cuestión: una conciencia que se niega y se conserva. Sospechamos de Hegel quien sólo agita la campana de su desconcierto, pero no de la razón instrumental que va construyendo un mundo que no se hace cargo del mundo. ¿Qué liga a la razón instrumental a su universo?.Su propio relato. Esto es lo que enseña Kant en el inicio de la Ilustración. Aquí comienza el problema de la representación, pensado como problema político, el problema de la representación respecto de un cierto concepto de estado. En efecto, la supuestamente ingenua postura de Galileo en el siglo XVI, no sólo separa la verdad de la certeza, trae también para la razón, una falsa totalidad simétrica con la totalidad del relato, y el relato se representa todo, pero principalmente representa al hombre. ¿Pero cómo?, ¿no hablamos de una negación del hombre?, ¿o por lo menos de la humanidad del hombre?. No podemos negar al hombre, nuestra desgracia y nuestra esperanza es que debemos vivir con él. Negamos su figuración renacentista. Quiero decir, aquel paradigma de hombre que se piensa una criatura capaz de esconder todo el universo dentro de sí. La razón instrumental niega eso en el inicio, como hemos visto. A cambio nos ofrece una mediación que oficia de cuerpo propio en el relato. Al negar la percepción, el primer poder que perdemos es el poder sobre nuestro cuerpo propio. ¿Por qué recaemos entonces en el sujeto cartesiano?. El cógito nos habla, es de él que viene el relato. El cógito nos dice: la materia es una garantía, el espíritu es la totalidad, y así andamos almorzando con los guantes puestos.

Pero la gran carga que la razon instrumental debe sufrir es la negación de todo sujeto. El sujeto de la razón instrumental desde un principio es la naturaleza, por eso Spinoza la coloca como eje de la historia. Sin embargo este sujeto spinoziano rehusa caminar con los pasos de los hombres. Sadday no camina con los pasos de los hombres. Hemos aceptado rápidamente una naturaleza sin persona, porque la mediación de la técnica ha cumplido mayormente con las aspiraciones que habíamos imaginado, e incluso nos ha sorprendido muchas veces con logros inesperados y elocuentes. Es que estamos acostumbrados a la sanata, y cuando vemos que los aviones vuelan y los autos funcionan no dejamos de sorprendernos y de pensar que se trata de alguna clase de Gracia. Fíjense que la razón instrumental no sólo se queja de la percepción, sino de toda medida humana. Cuando David Hume critica el concepto de “causa”, dice que la repetición entre el encendido de la mecha y la salida de la bala de un cañón, no convierte al encendido de la mecha en la “causa” de la salida de la bala. Decimos- en opinión de Hume- por la repetición del efecto, lo que genera la creencia de que el encendido de la mecha es la “causa” de la salida de la bala. ¿Qué busca Hume?. La objetividad, una prueba no cartesiana del concepto de causa. Este razonamiento fue bien recibido por las academias europeas, el razonamiento es pobre, pero genera una creencia diferente a la que Hume describe, la creencia de que resulta posible construir una metodología objetiva. Este sujeto que cede su convicción y la coloca fuera de sí , es el sujeto de razón instrumental. El nuevo sujeto ya no habita el solipsismo cartesiano, pero tampoco se encuentra acompañado. Tiene fe en que su certeza logrará atravesar la metáfora como un puño atraviesa un cristal, sin embargo este ejercicio lo deja desvalido y sin historia frente a aquella situación de espera que mencionábamos más arriba. Este sujeto sueña una historia que no escape al reino de la voluntad, pero esta historia cuyo único actor es la naturaleza spinoziana, carece de discernimiento y por lo tanto de libertad, piensa la libertad como la capacidad de reproducir infinitamente un paradigma. Es un sueño de dominación. ¿Y qué reproduce?. Naturalmente lo único que sabe: un cógito cartesiano. Es el mismo espejismo de Hegel.

Según parece nos hemos ido por las ramas, y no hemos podido revelar un camino para esta crisis. Ni siquiera hemos podido describirla. Aunque tal vez esto último no es tan cierto. Nuestro cuerpo no ha sido siempre el mismo. Esto parece una locura: ¿qué estamos diciendo?, ¿teníamos tres brazos?. Tuvimos otros cuerpos porque los pensamos de muchas maneras. Para los griegos la persona habitaba en algo que se llamaba: el soma. El soma era la memoria de alguien, no necesariamente su alma; hoy diríamos su personalidad, el alma es una cristianización del soma. Quiero llamar la atención sobre esto, porque el soma era algo incompleto, que guardaba la persona de alguien, aunque resultaba completamente insuficiente para la vida; un rastro, un residuo si se quiere. El cristianismo invierte la importancia de la idea de persona, y esto ocurre porque ni el cuerpo ni el soma, expresaban en verdad a un individuo;-que es lo que me interesa remarcar-. Aquiles se queja de ser una sombra en el poema de Homero, ¡y es Aquiles quien habla!, lo cuál no es obice para que sea menos que un hombre. Muy importante, desde mi punto de vista. No obstante la razón instrumental piensa un solo origen para el cuerpo y el individuo y a todas sus variaciones como fundadas en ese origen. Esto me preocupa, yo no se claramente si ese origen al que nos referimos funda realmente todas las formas en que hemos comprendido a la persona humana, no puedo saberlo. Pero me parecen a este respecto varias cosas. Una que la materia, es decir el origen material, el hecho de haber salido de una vagina envueltos en sangre y placenta y el haber sido amamantados o no, por alguien, no representa en sí mismo una garantía de verdad y de significación unívoca. Dos, tampoco creo que la influencia de esto sea cero, pero me parece que la manera en que lo entendamos, la importancia que le demos a los diferentes aspectos, es decir, la eficacia del relato presente, y no el origen material, es lo que conforma la significación, la idea de lo humano. Un bebé envuelto en placenta significa lo mismo que cuatro dinosaurios pastando en fila, para que ello ocurra tiene que haber alguien que cuente, los dinosaurios no cuentan, sólo pastan. Este es un espejismo de la misma índole. En realidad el bebé junto a su madre que no existe está mucho más solo que cualquiera entre nosotros, solo: frente a la teoría que establece la consistencia de ese origen. ¿Por qué hablamos de desvalimiento en el sujeto instrumental?. Bueno, lo primero que hay que decir es justamente que no hay tal sujeto instrumental. La razón instrumental esconde su subjetividad, la niega. En segundo término una historia que sólo dependa de la voluntad de este supuesto sujeto instrumental daría a la totalidad de los actos, una cierta relatividad, un universo contingente, como efectivamente es el que nos propone la ciencia en general. Este desvalimiento es la esencia de la dominación, la dominación tiene una cierta incompletitud en su esencia, siempre requiere de algo exterior que le complete el juego. Estamos a la espera de esta condición objetiva, que nunca llega y eso porque la dominación siempre se predica de un individuo, es incomprensible sin el sujeto cartesiano. Lo que viene del exterior a completar nuestro desvalimiento: suele ser la guerra.

La Guerra:

El mejor desarrollo sobre el sentido de la guerra es el de Clausewicz. Es un libro muy despojado, que no aboga por la paz ni tampoco está muy obsesionado, sobre cómo hacer la guerra. Allí se encuentra la famosa definición de Clausewicz de que la política es el ejercicio de la guerra por otros medios. Seguramente Von Clausewicz no ha querido ir mucho más allá de Hobbes con su análisis, pero lo cierto es que de alguna manera sí, lo ha hecho, fue el Nicolás Maquiavelo de su tiempo; y casi todos los revolucionarios piensan la diferencia entre la revolución y la guerra a partir de Clausewicz. De Lenin a Trotsky, de Ho Chi Minh a Perón; etc. No lo voy a desarrollar aquí, ya lo hice en otra parte. Clausewicz valoriza la guerra defensiva, que busca la afirmación de la nación. El representa a quienes han perdido a manos de imperio napoleónico, pero a la vez no puede evitar ver el mundo nuevo, la crisis de las naciones y un concepto de libertad diferente. De allí la enorme importancia de su fermento. Básicamente la guerra pone en juego, cuestiona la existencia social del hombre como grupo diferenciado, la guerra exige del derrotado que desaparezca como grupo social y se percata de que la victoria está en lograr este objetivo y no en la conquista de un espacio. Esto ya se ha convertido en una verdad de perogrullo, pero se ha convertido después de mucho andar. Previamente invadimos Brasil y ganamos en la batalla de Ituzaingó. Los alemanes invadieron Rusia, los americanos, Vietnam, etc. Los medios económicos han demostrado tener una enorme importancia para la obtención de la victoria. Desde Roma es común que los ricos ganen,y ocurre. Sin embargo si el otro no cede y resiste, lo más probable es que logre torcer el brazo de los vencedores. Roma conocía esta verdad y había logrado un sistema de dominación lo suficientemente flexible, como para darle existencia jurídica al vencido. Pero la sabiduría romana se fue perdiendo debido a la voracidad moderna. He llegado a pensar la guerra como una fuerza positiva, viva, no necesariamente biológica, pero sí con ideas propias, urgencias propias, y la reconocida capacidad de cambiar los tiempos del mundo. Este cambio del sentido interno del tiempo, es esencial para comprender el concepto de la guerra. Hablamos de una fuerza de la naturaleza que asume distintas figuraciones, personales, políticas y sociales, pensamos la historia en el orden de la a nación, de los pueblos, en el orden de los individuos, de los héroes, del coraje y del destino, pensamos la historia en el orden de la evolución y de la ciencia. Y la guerra tiene un género específico, una mirada propia, una perpectiva propia para pensar la patria, el hombre, la ciencia, la evolución, los héroes, el coraje, el sacrificio.

Quizás el núcleo de sentido original de la guerra tiene relación con el misterio del sacrificio. ¿Por qué?. Siempre hemos separado el sacrificio de la muerte, con o sin razón. Lo hemos diferenciado por la carga previa, Vemos a la muerte como el agostamiento final de un proyecto, el fin de la energía, por eso hablamos de descanso. Sin embargo el sacrificio, si bien esta representado por la entrega del cuerpo, tiene un proyecto futuro, que se llevará adelante sin la presencia de uno. Además será propiciado y tendrá su fundamento en nuestra ausencia. Tan importante es el sacrificio, que sin el sacrificio, no nos es posible comprender la vida, ni alcanzar la infinitud. Casi todos los seres vivos comprender la importancia de entregar el cuerpo, así como la importancia de negarse, es una decisión que permite el enjuiciamiento de la persona. Sobre este acto se imprime la guerra que es su principal espejismo. ¿Qué tratamos de decir?. ¿Dónde estan el enfrentamiento, la lucha, el esfuerzo, la victoria, la derrota, la humillación, la barbarie?. Todo por lo cual, la guerra nos resulta intuitivamente despreciable?. Y sin embargo recaemos en ella, individual y socialmente, dirimimos el destino de las naciones a través de ella y aún de los grupos a los que pertenecemos dentro de las naciones. No imaginamos la lucha por la libertad sin la guerra. Jugamos a la guerra, medimos nuestros valores por la guerra. ¿Por qué entonces quiero describir una condición tan vasta que parece la vida misma?. ¿He perdido toda orientación?. La guerra es una naturaleza dentro de la naturaleza. Hablamos de guerra y pareciéramos estar hablando de libertad, de capitalismo, de competencia, de trascendencia e incluso de bienaventuranza. Las guerras más salvajes y las más duraderas han sido las guerras religiosas. Tenemos entonces que aceptar algunas verdades, algunas obviedades, sin las cuales es imposible seguir adelante, aún para ejercer un reclamo de sensatez frente a este discurso. Porque la supresión jurídica, la puesta entre paréntesis de toda civilidad que representa la guerra, es tomada con alegría por muchos de nosotros. La guerra nos habla de amor y tiene su ternura. No siempre la guerra cuestiona al estado y no siempre toma al individuo, al sujeto solipsista como su actor y representante. Hay también una hermandad de la guerra, cuyos valores respetamos y en los cuales quizás deseamos fundar la totalidad de nuestros valores. La guerra nos revela una naturaleza muy profunda, una verdad acerca de nosotros mismos que el ejercicio de la vida jurídica nos ha ido ocultado y ha ido empañando. Por eso idolatramos su astucia.

¿Pero no estamos con esto duplicando innecesariamente la realidad?. Los griegos representaban a la guerra con un dios masculino: Ares, Marte, para los romanos. Era un dios que personificaba, la valentía y la cobardía, el coraje y la demencia, pero su voluntad propiciaba la batalla, en ella ocupaba todas las figuras, no era un dios que representara el ideal de la guerra, pretendía representar la totalidad de la guerra, todas sus figuraciones.

Es la guerra la que piensa una humanidad en espera de la guerra.

De alguna manera hay una oposición entre la guerra y la victoria. Porque la victoria es el final de la guerra. Sin embargo es el final como causa final, si se quiere la victoria produce la guerra, pero la victoria produce una guerra ya conclusa. En el punto de la conclusión de la guerra se inicia en verdad el sacrificio. Sólo el sacrificio libidiniza la totalidad del esfuerzo de la guerra para convertirlo en epopeya. La gran seducción del sacrificio es la autenticidad de lo humano. Pero esta autenticidad no existe en sí misma sino que se encuentra ligada a la epopeya. ¿Por qué hablamos de autenticidad?. Los barones de la guerra sólo se sienten vivos en la batalla, ¿pero son ellos mismos?. La guerra tensiona una figura idealizada que tenemos de nosotros mismos y que ha sido empañada por el contínuo resguardo jurídico que ensucia nuestra voluntad de trascendencia con su pátina gris. Cuando esta muralla jurídica se vuelve ilusoria por obra de la guerra, lo que descubre aunque no sepamos lo que es, y ni siquiera si es propio, resulta seguramente auténtico. Lo auténtico aquí es el actor de una epopeya. El héroe de la epopeya contiene la totalidad de la historia en sí mismo, es este héroe, en realidad, el sentido último de la epopeya, por eso pensamos que la guerra revela nuestra condición heroica. Sin embargo aquí decimos que la guerra es una naturaleza dentro de la naturaleza, pareciera algo vivo, o por lo menos capaz de crecer y transformarse. La epopeya heroica resulta imprenscindible para la guerra porque expresa el sentido del sacrificio, todo lo que ocurrirá a partir de nuestra ausencia y justamente provocado por ella.

La guerra se inicia cuando se le impone al hombre la lógica del sacrificio.

Se ha dicho de la guerra que provoca y nombra nuestra condición animal, sin embargo los animales no hacen la guerra. Aún las hormigas que cazan en grupo, lo hacen con el objeto de multiplicar sus fuerzas, no tienen un instinto destructor, sino de multiplicación de su fuerza de ataque. La guerra entraña una lógica propia, tiene su táctica y su estrategia, su propia visión del tiempo, representa acumulación de medios y de poder. La guerra pensada en sí misma busca ser todopoderosa, asegurarse su propia existencia. Tanto es así que excluye de su esencia a la victoria, la cual es vista desde el punto de vista de la guerra como una limitación. En efecto, la victoria no es en absoluto la culminación de la esencia de la guerra. Comprendemos mejor esta esencia si la pensamos como dominación. Pero la guerra tampoco se detiene en la dominación. La culminación de la guerra deberá entonces diferenciarse de su causa eficiente que es la victoria. Pienso a la culminación de la esencia de la guerra como una condición solipsista profundamente destructiva, se trata de una permanencia artificial, totalmente presente, una condición incapaz de pensar un tiempo fuera de sí. En efecto, los barones de la guerra, piensan el tiempo como dentro de sí. La victoria debe en cambio relacionarse con la epopeya del héroe victorioso. La victoria es equivalente desde el punto de vista subjetivo al descanso del guerrero. La guerra en su esencia es una permanencia artificial, se opone a la vida misma, al principio de la vida que encierra dentro de sí al contínuo devenir del tiempo capaz de disolver la totalidad de las formas. Lo dionisíaco,-como nos enseña Nietszche-. Entonces llegamos a una cierta perplejidad porque la guerra es un principio artificial, de permanencia presente, completamente opuesto a la vida. Sin embargo cuando esta permanencia artificial pretende acceder a alguna significación acerca de ella misma, expresa la totalidad de los valores humanos, pero desde una perspectiva completamente opuesta al principio de la vida, un principio que alcanza todas sus figuraciones a través del devenir.

Como principio permanentemente presente, la guerra es una condición animal, pero hablamos de la visión humana de este principio. Esta condición no trepidará en la acumulación de medios para sobrevivir. No deshechará los bienes que le pueda proporcionar la tecnología y va a colaborar activamente en su producción aunque en el corto plazo esa producción tecnológica no tuviere una utilidad inmediata. Esta condición que conserva aquello que niega, parece ser simétrica de la conciencia histórica tal como la describe Hegel. Sin embargo encuentro algunas diferencias. En principio tengo la impresión de que nos encontramos ante un universo simplificado por la mirada infantil. La guerra piensa la política con mirada infantil. Esta simplificación resulta necesaria si es que queremos acercarnos suficientemente a nuestro mundo instintivo, pero debemos preguntarnos, bajo la mirada de la guerra hasta dónde hemos podido desprendernos del él. La mirada de la guerra es eminentemente práctica, es una mirada propia de la razón instrumental. ¿Qué sucede?, ¿súbitamente nos hemos vuelto niños, hemos regresado a nuestro núcleo arcaico como dicen los psicoanalistas?. No necesariamente. Vemos el grotesco esfuerzo de ir arreglando, el mundo instintivo a través de la descripción mítica que nos hace Freud en su libro: “Más Allá del Principio del Placer”. Puedo sólo ensayar alguna hipótesis. Lo fundamental a mi juicio es que estamos ante una mirada eminentemente práctica. Esto quiere decir que desde el punto de vista de la guerra buscaremos generar algún tipo de experiencia con nuestro contenido instintivo, por lo que buscaremos una simetría una manera de reconocernos en él.

La razón instrumental elimina la mediación del estado en su eficacia simbólica, por ello es equivalente a la ley de acumulación originaria. Entonces lo que pensábamos que era una autenticidad animal es la búsqueda con un contenido instintivo infantil, que nos permita generar esa experiencia a la luz de la razón instrumental. Por eso el universo político se construye sólo en la medida de nuestras fuerzas, y resulta repetidamente superado por los contenidos históricos que no logran adaptarse a este molde empobrecido. Los modelos políticos parecen obra de Disney. Vemos a Donald Duck, hablando un lenguaje deforme, igual que lo que los chicos escuchan del lenguaje adulto, por eso este energúmeno de Donald Duck, es un personaje tan querido y aceptado. Aunque ahora el problema sea con el tío Patilludo. A este respecto recuerdo la palabra de mi propio hijo que cuando escuchaba las discusiones más o menos complejas o mejor dicho, la extraña jerga de los adultos (sus padres), repetía un tanto exasperado a sus tres años: -“ claro, claro, kindatos ponetos”-. Recién hoy puedo aceptar con sinceridad su duro enjuiciamiento. Los chicos sólo escuchan un ruido, una suerte de cortina, de telón de fondo de cual sólo entienden que queremos expulsarlos de ese mundo. Lejos están de comprender que el mundo del que queremos expulsarlos es mucho más infantil, mucho más regresivo que el suyo propio, porque además de ser infantil, se trata de una máscara. Lo propio le ocurre al psicoanálisis, piensa un mecanismo regresivo y no se equivoca, describe un núcleo arcaico y tampoco se equivoca, pero equivoca el actor; quién habla no es un niño, es alguien que encara un contenido que es incapaz de resolver, que es incapaz de integrar verdaderamente a su universo pràctico: ¡y queremos derivar una moral de semejante menjunje y despropósito!. Después tenemos al inefable Mickey Mouse, esta suerte de oficinista frustrado de medio pelo, inseguro y cobarde que mata cinco moscas de un golpe, pero convence al estado y al poder del estado, que ha sido el verdugo de cinco gigantes, muertos de un golpe, por supuesto como en todo sueño infantil que se precie,el sastrecillo valiente finalmente termina convirtiendo el error en acierto y se lleva la princesa a su cueva.

EL FIN DE…

Dijimos que esta es una crisis de representación. Evidentemente el logos griego, lo apolíneo- para Nietszche- es deudor de esta relación temprana de la subjetividad con el estado, pero su figuración que es la figuración de la victoria concebida como posesión de un espacio, resulta una ilusión, una rémora infantil. La causa por la cual los paquetes hipotecarios fueron abiertos, que generó nuestra primera perplejidad. Desarrollo:

El marco general de esta crisis es la guerra religiosa, cuyo contenido hemos descripto en el parágrafo anterior. En efecto, la crisis del capitalismo debe ser entendida bajo la óptica de la guerra, con sus reglas lógicas y metafísicas, de lo contrario, no podremos comprenderla. Lo primero que diremos de la crisis es que ninguno de nosotros acepta su existencia, pese a las pruebas palpables de su influencia. Ahmad Ahmadinejad piensa una historia que jamás escapa a la voluntad de quien la relata, una historia que no aporta nada nuevo, piensa la historia como una profecía. Es la guerra quien relata esta historia de ella quedarán apartados todos aquellos sucesos que no la lleven a la victoria. Esta historia esclava de la voluntad cartesiana, es la historia que relata la guerra. Cuando guiñamos los ojos con la convicción de que el fin del capitalismo no se va a producir, lo que sabemos en nuestro fuero interno, es que haremos todo lo posible para que ello no suceda. Nos sacrificaremos a nosotros mismos en el altar de esta vocación. Porque la verdad debe ser la primera víctima que resultará sacrificada en el altar del terror infantil. A este terror le habla la guerra. Frente a ese terror es que el relato de la guerra resulta eficiente. Ahmad Ahmadinejad, oficia de la Rosa de Tokio, sus vaticinios buscan la activa vocación de nuestra voluntad.

Crisis de representación: ¿Qué nos ha mostrado esta crisis?. La crisis muestra la bestia de la acumulación. Su verdadero rostro que carece por completo de aliados, que sólo acepta la servidumbre. No podemos saber hasta donde llegará la disolución de las instituciones nacionales, bancarias, productivas, culturales. Eso va a depender de nuestra incapacidad de respuesta, o quizás de la carga delirante que pueda tener nuestra respuesta. No parece casual que sean los ingleses y no los americanos los que comprenden, la naturaleza de la crisis. Ellos tienen una antigua experiencia en la dominación. Han sido expresamente imperiales. Los ingleses han sido signatarios de la última Roma, quizás mucho más que los americanos. Lo que vienen a enseñarnos es la importancia de la apariencia. La escenografía de las instituciones liberales debe mantenerse en pie. Disolverlas ha sido el primer error de los americanos. Las instituciones liberales deben ser alimentadas en secreto, no sólo hay que efectuar una contínua tranfusión para curarnos de esta leucemia, esta transfusión debe ser secreta. Mientras tanto hay que efectuar el cambio de guardia a la hora señalada y el rey y la reina tienen que pasearse por los jardines. Los viejos mitos deben venir en socorro de los últimos y desgastados mitos libertarios. El sastrecillo valiente se ha convertido en aprendiz de brujo, su maestro debe detener la danza de las escobas antes de que el agua desborde las presas. Las personas se sostienen en el dólar americano; y eso es lo que nos piden que hagamos: que volvamos a creer.

La guerra conoce la fuerza de su terror. Se avecina el fantasma de Salamina. Ignoramos con que sistema económico se saldrá de la crisis. Se saldrá seguramente con la complicidad de todos. Pero también es seguro que la dominación quedará fortalecida, ante una guerra que se halla de espaldas a la humanidad. Solamente tenemos una clave. Se trata, si se quiere, de una clave metafísica. Cualquier solución que se ensaye, deberá ser una solución comunitaria. ¿Qué quiere decir?. Deberemos bucear dentro de todos aquellos contenidos que representan un saber capaz de escapar a nuestra voluntad, capaz de no reproducir el espíritu cartesiano. Otro índice pasa por aquello que el imperio tiene urgencia en disolver, las pertenencias nacionales, que la humanidad toma con naturalidad como expresión objetiva de sus contenidos gregarios. Identidades persistentes, capaces de generar una resistencia contra las pulsiones disolventes de esta crisis.

Enrique Meler

Buenos Aires

3/11/2008

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Publicado en  on 04/08/2009 at 21:49 Dejar un comentario